jueves, julio 15, 2010

*Montoneros golpea en Córdoba*


Fue un preludio de la tragedia que castigaría a la Argentina durante toda la década. Algunos de los protagonistas de entonces cuentan cómo fue el operativo.
 
Editó: Lic. Gabriel Pautasso

Por  Guillermo Lehmann* (Especial)
La madrugada del 1#176; de julio de 1970, además de un frío amanecer con menos de cinco grados bajo cero, no presagiaba mayores cambios en la rutina de la localidad. Sin embargo, al filo de las 7, algunas informaciones señalaban que un grupo comando estaba asaltando la sucursal del Banco de Córdoba.
En un principio, todo fue confusión y nervios. Había corridas, gritos y disparos en pleno centro de la ciudad. A muy pocos metros de la sede del banco, otro grupo había tomado el edificio municipal y apuntaba a los empleados con pistolas y fusiles. Simultáneamente, pintaban consignas en el frente de la Municipalidad y dejaban a la vista una caja negra que simulaba una bomba. Mientras eso ocurría, otros comentarios aseguraban que la subcomisaría en barrio 25 de Mayo también había sido tomada, como el edificio del Correo y la oficina de Telégrafos.
El contexto en que se dio el copamiento estaba teñido por un duro reclamo de los trabajadores de IKA Renault y el prolongado conflicto estudiantil en las facultades de Arquitectura, Ciencias Exactas y Derecho. Un año atrás, el Cordobazo había modificado las estructuras de las bases trabajadoras y sociales. El movimiento obrero en el centro del país tenía fuerza propia y a su alrededor se gestaban columnas de resistencia contra el régimen de Onganía que afianzaban un clima agitado, de militancia y protesta social. De ese polvorín salieron los jóvenes de entre 22 y 24 años que llevaron a cabo el operativo de La Calera.
 

La elección del lugar. La elección de La Calera para efectuar la acción armada no fue hecha al azar. Según relató a este diario Cecilio Salguero, que participó como apoyo logístico del operativo, la elección tenía que ver con la raigambre peronista del lugar. Había sido el último foco de resistencia del peronismo durante la Revolución Libertadora. Además, la cercanía al Regimiento de Infantería Aerotransportada de Córdoba, cuyo personal era incapaz de reaccionar con suficiente rapidez, fue deliberadamente calculada para afectar la moral del Ejército.
En la reconstrucción del hecho, Luis Losada, que fue uno de los primeros heridos y detenidos en el operativo, recordó ante La Voz del Interior que el año anterior, el 3 de octubre de 1969, La Calera había vivido un casi perfecto clima de guerra. Novecientos paracaidistas se habían lanzado desde aviones Hércules C130 y Douglas DC3 para rodear la localidad, ante la posibilidad de que un grupo guerrillero pudiera actuar en la zona.
 

La logística y el factor sorpresa. El copamiento general de la ciudad debió haberse realizado una semana antes, pero hubo una falla en la coordinación y se postergó. "El compañero que debía conducir uno de los autos tuvo un inconveniente, salió retrasado y redujo a un taxista, al que encerró en el baúl. Por eso desistimos de continuar con la operación, existía mucho riesgo", apuntó Losada.
Una semana después, el acto guerrillero se concretó. Empezó muy temprano en diferentes casas operativas de los alrededores para confluir en los accesos de La Calera.
Cecilio Salguero vivía en la ciudad y se encargó de la logística previa junto a su cuñado, Jorge Piotti. Un mes antes, habían realizado un estudio del movimiento en sitios clave, además de monitorear el tráfico vehicular, la rutina de los cuarteles, qué ruta era la más correcta para entrar y salir, y por dónde se podía obstruir el camino con clavos miguelitos.
A las 7, cuatro autos, un Fiat 1500, un Torino, un R4 y una camioneta, con cuatro ocupantes cada uno, ingresaron a La Calera provenientes de Villa Rivera Indarte y Villa Allende. El principal era el Torino, que había sido camuflado como patrullero y que se usó para tomar la subcomisaría.
El operativo comenzó cuando el agente Manuel Moyano y el subcomisario Eustaquio Larrahona, que estaban en un Jeep de custodia que controlaba la apertura del banco, sintieron un fuerte impacto. Habían sido atropellados de atrás por una pick up Chevrolet que simuló quedarse sin frenos en la pendiente de la avenida San Martín.
Sin posibilidad de reacción inmediata, fueron rodeados por cuatro hombres y una mujer armados con ametralladoras y pistolas calibre 45, que los redujeron, los llevaron frente al municipio y los hicieron parar junto a los pilares de acceso. Mientras, otro de los asaltantes, que llevaba un brazalete celeste y blanco en el que se leía Montoneros, se introdujo al edificio donde ya había gente trabajando. Desde adentro se comunicaba a través de walkie talkies con sus compañeros, a los que nombraba con apodos. En la oficina de Telégrafos, los atacantes redujeron a la encargada Blanca de Falavigna y al guardahilos Antonio Juárez, cortaron cables y destrozaron la central de comunicaciones.
 
A cantar la "Marcha peronista". En el caso de la comisaría y el banco, tras amenazar a los presentes con pistolas y fusiles, los guerrilleros los obligaron a cantar la Marcha peronista. En el interior del banco, los guerrilleros le ordenaron al gerente de entonces, Miguel Broca, que abriera el tesoro de la entidad. "Este dinero se usará para la liberación argentina y saciar el hambre de los empleados de Smata", explicaron. El botín fue de cuatro millones de pesos de la época.
A muchos les sorprendió el mecanismo con el que actuaba Montoneros, y el momento de exigir que cantaran era muy particular: "A la gente le teníamos que decir que hicieran algo. Teníamos muchos nervios. Para nosotros era un conflicto empuñar un arma, pero si estábamos dispuestos a morir por la causa, debíamos estar dispuestos a matar", admitió Losada.
Uno de los impactos más fuertes del copamiento se vivió en la subcomisaría del barrio 25 de Mayo. En ese momento, el oficial a cargo era Ramón Silvio Salvatierra. Era apenas un agente de 22 años. "Estaba en la guardia junto al oficial Antonio Djanikian, cuando irrumpió una pareja a denunciar un suceso menor en la zona del viejo Matadero. Minutos después apareció un Torino camuflado como patrullero del que se bajaron cuatro personas. Cuando los veo llegar, por las insignias de sus uniformes, parecían oficiales con jerarquía, todos armados, con mucha actitud y muy buena presencia. Uno de ellos me saludó con la mano izquierda y me comunicó que venían a hacer un allanamiento en barrio La Isla", describe Salvatierra.
Inmediatamente, los asaltantes desenfundaron sus armas, los obligaron a levantar las manos y los encerraron en la celda. Según Salvatierra, no hubo violencia: "Pintaron, revolvieron papeles, hicieron algunos destrozos y nos dijeron que si queríamos salvar nuestras vidas teníamos que cantar la Marcha peronista”.
"A pesar del susto, fue muy divertido verlo cantar a Djanikian, que era muy radical, y la cantaba mejor que el propio Hugo del Carril", agrega sin perder el humor, a 40 años de distancia del tenso momento que le tocó vivir.
 
Tiroteo y fuga. Entretanto, en el banco hubo un tiroteo con un policía de civil, Manuel Argüello, pero el comando que actuaba en el lugar logró escapar.
En la sede municipal había quedado reducido el comisario Eustaquio Larrahona, que observaba atónito cómo los Montoneros pintaban con aerosol las leyendas: "Perón o muerte, Montoneros" y consignas que reivindicaban a la organización rebelde, y otras agrupaciones como Uturuncos, General San Martín y Eva Perón dejaban una caja negra que simulaba una bomba y tiraban panfletos con una proclama que eran rápidamente recogidos por los curiosos.
El operativo general duró menos de una hora. Los vecinos siguieron boquiabiertos los acontecimientos. Cuando los periodistas cordobeses llegaron al lugar, los vecinos les preguntaban si estaba ocurriendo lo mismo en el resto de la provincia porque el operativo los había dejado incomunicados.
Después de la agitada operación, todos los autos se retiraron hacia Saldán y dos activistas, Losada y Fierro, se bajaron en Villa Rivera Indarte para esconderse en una casa que estaba en la calle Monte de los Gauchos. Allí se produjo un intercambio de disparos y los detuvieron.
Al general Jorge Carcagno, que fue el que recuperó la ciudad, le avisó lo que ocurría un policía que llegó corriendo al cuartel y regresó con dos camiones repletos de soldados.
Losada, que resultó herido en esa refriega, recuerda cómo fue su detención: "En la huida, se rompió un Fiat 1500 que no era el nuestro y tuvimos que modificar los planes. Paramos al primer auto que vimos pasar, obligamos al que manejaba a bajarse y nos fugamos".
Por instinto o sospecha, Losada decidió que debían bajarse 100 metros antes de otra casa operativa que tenían en Villa Belgrano. No sabía que el auto estaba marcado por algunos vecinos que pasaron el dato a la Policía.
Con Fierro bajaron los bolsos cargados con armas. Fue en ese momento que apareció una F100 con tres personas que les preguntaron por un domicilio de Villa Allende. "Después de darles las indicaciones, me agaché para alzar los bolsos y siento un "crac" de la puerta del acompañante que se abre. Fierro ya estaba golpeado, y un tipo se apoyó en el capot y me apuntó. Teníamos la consigna de no entregarnos vivos, entonces me tiré a un costado para desenfundar un arma y sentí que me disparaba, pero en vez de apuntarme al pecho me tiró para herirme", añade en su relato Losada.
Luego, los pusieron uno sobre el otro en la pick up. "En ese momento pensé que me moría porque tenía un balazo a la altura del hígado y veía que perdía mucha sangre. No sabía que la bala había patinado en una costilla y salido por atrás".
“A él lo trasbordaron por el camino y a mí me llevaron a La Calera, después al Hospital Militar, donde me curaron, y luego a la Federal, con otros detenidos, donde me torturaron”, concluyó su testimonio Losada.
Recuperada la ciudad, los militares desplegaron el operativo de desactivación de la presunta bomba depositada en el parque de la Municipalidad. La caja era un cubo de unos 50 centímetros de lado. Se presumía un artefacto destructivo. Con cuidado, se lo trasladó a un sitio alejado y allí se lo abrió. Para sorpresa del oficial encargado de la tarea y de los curiosos que lo rodeaban, se comprobó que contenía un grabador. Cuando alguien apretó “play”, el aparato reprodujo la marcha “Los muchachos peronistas”.
 
El allanamiento. De los interrogatorios a los detenidos se obtuvo la dirección de la principal casa operativa, que quedaba en barrio Los Naranjos. Allí, en horas de la siesta del mismo día, se produjo un allanamiento y hubo un tiroteo tras el que resultaron capturados Ignacio Vélez, Emilio Maza y el resto del comando.
En la vivienda, la Policía encontró un fichero con una lista de colaboradores escrita en clave y una autorización para manejar un Renault 4 otorgada por Norma Arrostito en favor de Emilio Maza. Según las pericias, el documento se había confeccionado con la misma máquina de escribir con que se tipiaron los comunicados del secuestro de Aramburu. De esa manera, las fuerzas de seguridad dieron con una pista para descubrir a la célula porteña del grupo fundador de Montoneros.
A raíz de esos operativos resultaron detenidos prácticamente todos los integrantes del copamiento: José María Breganti, Felipe Nicolás Defrancesco, Luis Lozada, Ignacio Vélez Carreras, Cristina Liprandi de Vélez, Emilio Maza, Juan Carlos Sorati Martínez, Heber Albornoz y José Antonio Fierro. De esos nueve detenidos resultaron heridos Losada, Vélez Carreras y Emilio Maza, que falleció una semana después en el Hospital San Roque.
El error de permitir que los integrantes del grupo conocieran el nombre de sus camaradas y la ubicación de las casas operativas desnudó la falta de una organización adecuada.
Los largos meses en cárcel les permitieron a los militantes continuar con el análisis social y político. De allí surgió la reflexión autocrítica del llamado “Documento Verde”, en el que declararon claras diferencias con la conducción de Mario Firmenich.
A partir de entonces afianzaron su participación en la fuerza guerrillera a través de la columna Sabino Navarro, más afín al sector de los curas obreros y la militancia social. “Ese foquismo pretendió imprimir desde afuera y desde arriba de las masas una metodología de lucha, suponiendo que iba a influir directamente. Entendíamos a esa vanguardia en términos militares más que políticos”, reflexionaron los detenidos que fueron liberados el 25 de mayo de 1973.
A 40 años de ese suceso que conmovió al país, la memoria de los calerenses lo retiene como un hecho ajeno e inesperado, el osado accionar de unos jóvenes que reivindicaban la figura de Perón y eligieron la lucha armada para conseguir su regreso. Tal vez por eso, los lugares de La Calera donde se desarrolló el copamiento ya casi no existen. La ex comisaría es una ruina abandonada. El ex correo es una casa de familia. La ex central de telégrafos se convirtió en una carnicería. En lugar del banco, hay un supermercado chino, y la Municipalidad no conserva ningún vestigio de lo sucedido.