domingo, abril 15, 2012

Gabriel Ruiz de los Llanos: EL AMIGO DE HITLER



Poema. 28 Páginas.
Editorial Del Nuevo Amanecer
Buenos Aires, 2011.

Editó: Lic. Gabriel Pautasso

*Acerca del Espíritu *Espíritus como águilas. *El águila, símbolo gentil. *Amado Nervo y Friedrich Nietzsche. *Presentación de Adolf Hitler. *Aforismos. *La miseria. *Hitler conoce a August Kubizek. *“Rienzi, el último tribuno”, premonitorio. *El Porvenir. *Hitler abandona Stumpergasse 29. *La separación. *Pasa el tiempo, y más de diez años más tarde Kubizek ve en la vidriera de una librería una revista con su amigo en la tapa. *30 de Enero de 1933: Adolf Hitler, Canciller de Alemania. *Saludos de Kubizek. *Cruce de correspondencias. *Reencuentro en Linz, el 9 de Abril de 1938, treinta años después. *Kubizek cruza la multitud reunida frente al hotel, salvando los filtros de seguridad con la carta que le enviara el Fuhrer, en la mano. *Emotiva entrevista. *Un año más tarde la Cancillería invita a Kubizek a los Festivales Bayreuth. *Nuevo encuentro de Hitler y Kubizek. *Juntos visitan la tumba de Richard Wagner, ese lugar sagrado para ambos. *Al año siguiente, nueva invitación a los Festivales. *Ultimo encuentro de los amigos. *A las puertas del teatro y de la multitud, Kubizek espera ver pasar al Fuhrer en su coche descubierto saludando a la multitud. Hitler tuerce la línea de la caravana para acercarse al lugar donde se encuentra su amigo, y lo saluda emocionadamente. *Los gritos de la multitud sellan en la eternidad aquella amistad.




Es el espíritu una sutilidad entre sutilezas,
que arrojada a la báscula no alcanza
a mover el fiel
de la balanza,
tal su entidad.
Tal la certeza.
Así, ajeno a toda pesantez
y huérfano de toda carga
el espíritu del hombre
se aletarga
en la facultad que constituye,
huido de toda gravidez.

Más de un espíritu termina por pesar
en ese registro que no expresan
las fanegas
ese poder suyo capaz, tal vez a su pesar,
de dar un golpe con su anhelo
y levantar
el cuerpo y alma del hombre
que lo lleva.
Podrá decirse que espíritus hay muchos,
aunque espíritus, espíritus, muy pocos.
Lo que sí abunda, son espíritus que castran
la carrera y el salto del arrojo,
padrinos de caprichos y de antojos,
secando al sol los cueros de la  espera.
Talleres de una mística incapaz
de coser un trapo de ideales
haciéndolo bandera.
Espíritus que son una agonía
con su luto de ser cayendo en la solapa
designios que no escapan
a su crepúsculo inscripto.
Espíritus que Dios no sacará
jamás, ni equivocado
de nuevo, hoy,  de su  angustioso Egipto.

Pero no cierren la puerta, que también
hay un puñado de espíritus  como águilas,
que terminaron deviniendo tales
sobreponiéndose impertérritos
a lo largo del camino
a la intermitencia estulta de los males
que goteó
la canilla mal cerrada del destino.
Espíritus como águilas que fueron pergeñadas
por Dios,
es decir, por el cielo que suscitan.
Un cielo que recorren  y reclaman
cuando se vuelan el mañana,
cuando  embalan.
Un cielo empecinado en empinarse,
que diera la impresión de levantarse
cuando lo repasan a su ras
esas aves que son mitad y mitad:
Concepto y Voluntad.
Águilas verticales a sus propósitos,
cuando no horizontalizándose,
tras una vuelta carnero por el aire
despejada
cuando  planeando salpican a la marejada.
Semeja el espíritu de águila
la potencia del descubrimiento,
cuando en su caravana aérea
parece irse abriendo
paso
en su travesía de arenas de lo etéreo.
Siendo su rédito
flotar en la balsa de sus sueños
en aguas de la originalidad
que fundamenta su propio crédito.

Así como el amante besa la costa de los besos
mojándose los pies
en el deseo que lo alcanza,
así prodiga el ave su esperanza
desenvainando la espada de su mirada
por ciudades, de ahíncos, realizadas.
Un espíritu en vuelo, el vuelo de un espíritu
progresa, que conquista y descubre
sus Indias Occidentales; Pudiendo decir:
“Debiéndome a mi obra, el aguante me basta,
cuando no me sobra.”
Esos espíritus,  águilas, reservas de los días,
están hechos de la rutina
de dejarse atrás,
de ser la guía
sobrepasada
por el impulso raudo de sus ideales.
Águilas que acucian el revuelo desatado,
dentro del vuelo que tenían pensado.
Señal la flecha  que dispara la mirada
del águila
la que se tiende y  propende
recurrente
hacia el  sol de la verdad. sin más rodeos,
sin otros titubeos
ni cegueras.
Espíritu águila, que aún  puertas adentro del que son,
revolea sus alas un envión
que siembra las semillas del Sí
que son su gala.
Espíritu que rueda
sobre los rieles crípticos de su empuje
recorriendo el triunfo cantado
que obtiene sobre la materialidad.
Esa es  la mirada aguilar del espíritu volante
la que otea destinos,
y acerca lo distante,
que criba lo permanente en lo constante
y aduce  heroicidad.
Siendo sus alas  del  inasible pelaje  de la  libertad.
Entonces baja el espíritu  águila en  picada
llevando sujetos en la limpia bajada,
a sus sueños.
Como a pichones al vértigo asomados,
e imponiéndoles un trato asiduo con el sol,
Cuántas veces ese espíritu que es águila,
cuerpea  tormentas de maldad
entregándose a su instinto
cruzando de un lado a otro lado
las protervas nubes negras
de la tóxica igualdad.

En un momento dado, el espíritu como águila
asciende
izando sus propósitos
sacudiendo intencionado
las cascarrias
que pudieron pegárseles  a sus alas
cuando sobrevolaba distraído, errático
los pantanos democráticos.
Sube el águila que  mira
sus propios pensamientos desde arriba, 
inflando su planeo
con vientos impetuosos
que acercan y prorrogan los deseos.
¿No fue Rómulo mismo, en su momento,
que viera al águila volar considerando
su paso un buen agüero,
aunque sin advertir,
tal vez  por todo aquello que Roma le insumía,
que ese águila era él mismo,
lo propio de su fuero?
Rómulo no imaginó
que ese águila era el ojo visionario
que su espíritu le dio,
que reverdecería
cuando simbolizara
al Imperio Romano cierto día.   

No extraña que un día apareciera
el águila como recurso simbólico gentil,
como representación gráfica del señorío.
Como una señal hecha presente
entre la gente.
Como tal, el águila es ajena a los judíos.

Propio de  las águilas es que al levantar su vuelo
levanten, irruptas, simultáneas,
como sin darse cuenta,
de la ignorancia sus velos.

Hasta que Amado Nervo no se dignó a escribir
“Juana de Asbaje”
¿Quién era Juana Inés de la Cruz?
¿Tenía por entonces la mejicana
algo de fama, algo de luz?.

Y otro tanto ocurrió con Zoroastro
hasta que Nietzsche se interesó por él.
Lo tomó entre sus manos
escribió su leyenda,
lo llamó “Zaratustra”,
lo convirtió en un astro.

Habiéndole dado al espíritu su parte
entramos en la historia
en la amistad de un hombre,
en ese afecto personal recíproco,
en ese arte
de quién  adjetivó en su nombre,
entre otras cosas, que reunieran su ultraísmo,
en la idea  posta del “nacionalismo”.
Idea que encarnara, él mismo.
como derecho a la libre navegación
del espíritu humano por los escrupulosos mares
y sueños de esta vida.
Hablo de un alemán que fuera
de la sangre
un estricto custodio
que la raza diera.
Y si la Historia aún guarda
un poco de decoro
al pronunciar su nombre, me incorporo.
Entonces digo, nombro,
¡Al Fuhrer de Alemania, Adolf Hitler!,
con respeto y asombro.

Hitler
que más que un hombre fue:

“Aval antropológico del ser”;
“Garantía probada de la nacionalidad”;
“Reverberante augurio de banderas”;
“Lluvia de ser sobre el empapado estar”;
“Embriaguez del concepto, lucidez del precepto”;
“Empuñadura dorada de la Tradición”;
“Envergadura en acto de la confianza”;
“Veterana gallardía de los sueños”;
“Bella urdimbre política de la Identidad”;
“Prosapia eterna bajo bandera”;
“Avatar esvástico de la Autoridad”;
“Presencia obvia de la xenofobia”;
“Rescatista del triunfo”;
“Anticoagulante del rechazo del judío errante”;
“Epifanía de la Jerarquía”;
“Relicario de impulsos visionarios”;
“Cuerpo de asalto espiritual”;
“Buzo táctico del alma”;
“Misionero de la fidelidad a la Patria”;
“Priorato del alma en las alturas, de nacionales desmesuras”;
“Capullo de la Cultura, que se abre en la primavera de sus discursos”;
“Confusión de los agnósticos de vida”;
“Ordenación sacerdotal de la esperanza”;
“Guardia cárcel del desánimo”;
“Su mirada, trayendo a la vulgaridad esposada”;
“Gólgota de la Democracia”;
“Merecido infierno de los judíos”;
“Doctorado fáctico de la Ética”;
“Auto de Fe oral, de los apátridas”;
“Hijo de Nietzsche”.
 
Adolf Hitler nació en Braunau
el 20 de Abril de 1889,.
a punto de iniciar su carrera legendaria
hacia el puesto de mando
de una Alemania que habría de pasar
de una condición estrafalaria
a otra, renacida,
providencial
augusta,
extraordinaria.
Lugar de mando situado por entonces
en la cruz de dos caminos:
La ruta de sus sueños personales que albergaba
con  la Gran Vía de  Alemania,
lugar de su destino.

Hitler, un hombre  que viviera
aquella vida suya que viera florecer,
entre la espada de sus sueños
y la pared del  deber.

Rostro del Ser, trataré de explicarme,
la  Identidad que nunca
fue para nada un adarme,
supone la suma los sueños
de un ser humano.
Escuchen, que no estará de más:
la Identidad  es el ceño
del Ser,
es el cúmulo de sueños con vida
de los cuales, la propia índole
sería capaz.
Entiéndase, que los sueños de un  hombre
no son el fruto
de su inspiración,
son más bien el tributo
inexcusable
al contenido de su Ser.
Cuando los sueños de un hombre son de la partida
es porque su espíritu ha resuelto
hacer su vida.

No bien que hubo pisado este mundo
Hitler advirtió,
diríamos al segundo, cuáles eran sus sueños.
Dónde debía llevarlos
y a qué fin debiera consagrarlos.
Pobre,
deciso
e insumiso
orgulloso en el clamor de su arrogancia
instruyó  desde muy joven a su tropa espiritual
oportunamente
en los ejercicios de guerra
para el triunfo de su ideal.
De tal modo, el celeste de  sus ojos quedó  abierto
a la negra noche
cuando esta llegara,
la noche de la miseria hasta su puerto.
Cuando el último vagón de sus ahorros, en 1908
pasó de largo por Viena, sin parar.
Aquella Viena  de los conciertos
y los desconciertos,
donde se preguntara, adolescente,
con los ojos tan abiertos:
¿“Es este también un alemán?”
al captar su retina
a un judío horrible con Caftán.
Adolf Hitler, 
que habiendo juntado dieciocho años
de pasado en su presente
debió acurrucarse en el frío
largamente.
Y  estirarse en el hambre
que bajaba, como sus proyectos intactos,
por la calle, hacia  abajo de su frente.
Adolf Hitler,
al que las púas inapelables del alambre de la pobreza
desgarraron
la solidaridad de sus abrigos.
Aunque, justo es decirlo, en ese frío
capeó la adversidad
inalterado, inalterable
llevándose consigo.

Antes de echar a andar el relato
de aquella amistad
hay que dar a entender
que cruza íntegramente la vida de Hitler,
el disparo de su mirada tendida
 a su  horizonte de vida,
en la que nada obstaría
el trasiego de un asombro a otro asombro
que pusiera
como bolsas de fe cargadas
en sus hombros,
hasta el momento culmine y final
de cruzar volando
con las alas desplegadas, el fuego de su suerte abismal.
Decir, del mismo modo,
que siempre hubo  en los balcones
del alma del Fuhrer
incontables
estandartes de anhelos insaciables.
Canteras de esperanzas
a cielo abierto,
orlando los portales de sus ansias.
Llevándolas hacia delante como pudo
como supo
y como quiso,
ansias que al No, siempre  deshizo,
dejando a quien lo viera,
mudo.
No fue  la infancia de Hitler 
la que determinara la esencia de su porvenir,
Su infancia goteó la gota gorda
simplemente
del propio devenir.
Sería el mañana,
que por los días un día bajaría,
el que a la distancia
pintaría
el  tipo de infancia que llevara.
Porque es el roble el que crece a la bellota
y no al revés,
es el roble el que marca la cara y el envés
del desarrollo
de esa especie, si se quiere noble.

Hitler conoció a su amigo August Kubizek
el músico, hijo de un tapicero,
conoció a su amigo verdadero
en Linz, en el año 1905
Por ese entonces Adolf era
 huérfano de padre
y enfermo, muy enfermo, grave de madre,
a la que tanto quería.
Que moriría , poco después.
Ella se iría en la Navidad del Novecientos Siete,
habiendo bendecido en su lecho de muerte,
en tal apriete,
aquella amistad.

A veces, el Porvenir,
cereal que el tiempo ha de segar,
ni ciego ni enceguecido,
que ha molido,
harinado y amasado el pan de la propia vida,
vuelve su cabeza a retaguardia.
Lo hace para cerciorarse
que el cúmulo de espigas que lo siguen, lo suceden
y lo aguardan haciendo lo que pueden
aguantan la parada.
A veces el futuro, que todavía es nada,
vacío de Lao Tse
viene en cascada
de sucesos virtuales
que se acercan ecuestres,
en espigas de tiempo
acechan, montadas en los cuales.
Lo que está por venir
lo programado
debe ser con empeño vigilado
para que no tome el mal camino de las trenas,
que no desangre sus venas
ni en  ergástulas, ni en chironas
sabiendo eludir males
evitando
recalar en  los hospitales.
Que lo que debe cumplirse no  tome
antes de tiempo
el camino de los cementerios.
Que se cuide,
en cualquier hemisferio.
Que tomando cada uno el camino que toma
pueda tener presente
que hay lugares, desvíos, como los antedichos,
que no son broma.

Más de una vez el Porvenir,
en nuevas ocasiones,
lo prepoteó a Hitler
llegando a manotearle situaciones.
Pudiera ser, quién sabe,
que para mantenerlo atento,
alertándolo, que no era cuento
lo que sucedería
más tarde a lo largo del camino.
Escolar, con 12 años , casi audaz
se negó ante su padre,
por momentos mordaz,
a pensarse  empleado municipal.
Al mismo tiempo
sabía desplegar sus avales
en los grupos escolares cual caudillo.
Cuestiones del momento,
hechos circunstanciales,
comprendiendo la tendencia al dedillo.
El Porvenir, que sabe
soñar en los despiertos y bostezar en dormidos,
lo sacudió en 1906,
cuando ganaran sus oídos
providenciales
los acordes del “Rienzi” de Wagner.
Algo que para el futuro Canciller
nunca sería indiferente ni objeto de su olvido.
Esa noche su espíritu entró en éxtasis
y todo decantó.
Habían concurrido con su amigo
a bañarse, si podían, en belleza,
transportados en andas de grandeza
por el  Maestro de Leipzig.
Al salir de la función,
los ojos del Fuhrer anticipaban
que “Rienzi” le había cambiado la cabeza.
Sin exagerar,
aquella obra a Hitler lo había transmutado.
Y a su espíritu,
lo había remontado.
Era el Creador que, armónico, le revelaba
lo que él intuía.
“Rienzi”, en su libreto  trataba
de la misión de Adolf Hitler,
en la vida
de la suma de todas las bandeas que su alma
abrazaba.
Al salir del teatro,
cada amigo
se hizo acompañar de un silencio,
y eran cuatro.
echando a caminar.
Efervecía  en los dos el corazón
redoblando
sobre el parche de la noche fina.
Y siguiendo los pasos de ese embrujo,
los pasos que a ellos los seguían,
fueron lentamente hasta una colina.
Allí Hitler habló,
se puso a hablar como tantas veces,
imapable,
cerca en su lejanía
como tan lejos en su cercanía.
Habló llevado por la mano buena
que le abrió los labios.
Habló con creces
los proféticos resabios.
Le habló al gentío ausente
y a los millones de personas que estarían
un día allí  presentes. Absortos de su verbo.
Habló y habló
las perlas de su acervo
de ser. Que ya se le veían,
“Rienzi” era él, un ser predestinado,
elegido a salvar
a un pueblo sojuzgado.

A esa altura Alemania
más que un pueblo era una fachada
de algo pocas veces honrado,
que, salvo excepción, 
era consuetudinariamente pisoteado:
Hitler se dirigía en la colina
a lo señorial del Orden Natural,
que fuera
de Hitler su desvelo.
Sí, le hablaba al Espíritu
al mismísimo Espíritu,
le hablaba a la Sangre
y le hablaba al Suelo.                     

Años más tarde
August Kubizek escribiría largamente
sobre aquel “Sermón de la Colina
que no sólo pareció sellar esa amistad
sino que puso al alcance
de ambos
el futuro de Fuhrer, aquel amigo en trance.
La noche de “Rienzi”
el joven músico asistía sin querer al funeral
de todo imaginado escepticismo
respecto de su amigo.
que pudiera haberlo acompañado
de haberlo conocido mal.
Intempestivo, Adolf Hitler,
ofició el responso de la pusilanimidad,
retórico,
eufórico
acercando el mañana en su entrever.
Kubizek escucharía la palabra del Ser,
por única vez,
sentada a la misma mesa
en esa voz apasionada
la voz de la Identidad expresa.
Era ese el  fraseo anticipado
de la vital hazaña,
el paso de desfile de todas las virtudes
y el clamoreo
de las multitudes.
Allí, en la colina, declamaba
el Espíritu del Fuhrer,
al que la luna baña.
Los dos amigos, y “Rienzi, el último tribuno”
en el espíritu insigne de Adolf de Alemania.

Los muchachos se habían conocido el año
próximo pasado,
en Linz, donde vivían, se habían encontrado
sendos soles:
el Sol pentagramático, el Febo de la escala
que Kubizek trajera,
y el Sol esvástico de runas
aquel que Adolf, años más tarde, condujera.
Esos fueron de la amistad, los astros
también en Ética y en Arte.
Dejando sentado en el catastro
del vínculo
que por los ideales elegidos
quedaba todo aparte.
Los amigos ahí van, por las calles de Linz
acercándose al fin
de un tiempo anacoreta.
Las lecturas, las charlas, los conciertos
los retan
a ser de aquellos sueños
camaradas
a jornada completa.
Pero a veces las sombras se toman su confianza,
acomodan el cuerpo
bracean acompasadas
y al estirar el paso
parecieran hacer  lugar a la desesperanza.
De Adolf, su amada madre Klara,
 la bella Klara Pölzl
discute de mal modo con algunos dolores
que llegan por las noches
y abrazan en fervores
las horas necesarias del descanso
que tanto necesita. Un mal presentimiento,
un daño rezagado
que manda sus mensajes
que va trayendo el viento
la llevan a un doctor. Un hombre de salud,
que tuvo la virtud
de dar con un tumor.
Que quizás en un descuido trepó hasta su pecho.
Corría el mes de Enero del Novecientos Siete
esa noticia moja copiosa las orillas
de un Adolf sorprendido,
imponiéndole un brete.
¿Tendría que resignarse?
¿Todo lo que quedaba era persignarse?
Y en el salón de fiestas de la vida y su historia
la música se amiga,
se filtra, se prodiga,
nos come la memoria.
¿Se dirá que la vida, en sí, algo remedia?
Mientras tanto el Destino
ha sacado a bailar
a la equívoca suerte
el Vals de la Tragedia,
ese Vals de la Muerte.                                              

Mirando con preocupación por el agujero
de la cerradura de su ojo
Hitler veía
lo que le esperaba:
El adiós de su madre,
el fin de sus monedas,
la Fortuna en despojos.
Como si el día confundido reculase
al ver que la noche se venía.
Entonces, viajó de apuro a Viena
tratando de encontrar
un lugar apacible
un lugar donde estar
a tiro de sus sueños. Él, que tanto  se necesitaba
y  hacía lo posible.
Por fin, en Viena encuentra ese lugar, y la noticia
de que su madre, parte.
Regresa de apuro en una lágrima, una agonía:
que envuelve a otra agonía.
Los dibujos y la música han de quedar
para otro día.
Kubizek acompaña a su amigo
y recibe de Klara
el pedido de ésta, que no lo deje solo,
que no se separen…
En tanto en el Árbol de aquella Navidad
herida titila una partida.

En el mes de Febrero siguiente los amigos
se instalan en Viena
en un pequeño apartamento
acompañados de todos  los sueños.
Los espera, entre otros, Wagner,
y a ese fin
escuchan en la Ópera, alelados,
por lo menos diez veces “Lohengrin”.
Kubizek, brillantemente
ingresa en la Academia de Música
y rinde los exámenes del curso
más que satisfactoriamente.
Pero el que va a terminar dando la nota
va a ser
inopinadamente
el futuro Canciller.
En  el mes de Julio, Kubizek regresa a Linz
para volver a Viena al cabo del verano.
Pero Hitler
capaz de arquitecturas, de sueños y  coraje
aprovecha ese viaje
para tomar distancia.
Una distancia enorme
desguarecida
una distancia pasmosa, de por vida.
Es que la luz de sus ahorros lo abandona,
y él cierra con llave aquella estancia.
Se va de Stumpergasse 29
donde viviera con su amigo,
da lo mismo si solea o si llueve.
No deja rastros
ni cartas
ni citas,
ni nada que pueda ubircarlo.
Dios es testigo
que aquello ya es pasado.
Se trata de la dignidad del joven Fuhrer
que ha dado, decisivo, un paso al costado.

A veces las palabras nos retienen
a veces frenan esos impulsos
siendo su veda,
y en vez de liberarnos, de aliviarnos
nos ponen, ellos mismos, los  palos en las ruedas.
Hitler se profugó
se fue porque ansiaba quedarse
porque justipreciaba
la vida con su amigo,
la que podía darse.
Pero la suerte le sabe bien amarga
sin un cobre, y sin querer hacer bambolla,
llevando
de su destino sus juyas
no quiso en modo alguno
devenir una carga.

El no permitirá que melle la adversidad
el filo de la hoja de su Ser.
Que ésta fuera arrastrada
por el empedrado de la vulgaridad.       

Para Kubizek,
la compañía de su amigo se había esfumado
y a solas se sentía abandonado.
Los ojos del Fuhrer en el recuerdo,
en su momento agreste.
“Gustl” sentía la mirada del Fuhrer de Alemania
despidiéndolo
haciéndole el tren a su partida en la Estación del Oeste.
Desconcertado
Kubizek plegó con cuidado esa mirada
guardándola en su saco.
Mirada que a veces parecía, en puridad,
la tasa notarial de su amistad
y hasta un inocuo viento lerdo
que empujaba
como sin ganas
en ese otoño triste las hojas del recuerdo.

La soledad se abrió paso en el amigo
hasta el patio interior de su conciencia
con rapidez
poniendo en evidencia
la amplitud del vacío.
Constante, con estudio,
Kubizek fue dominando de la Música
su gnoseología,
que era lo que él quería.
Al tiempo, se dio  alcance
como Director de Orquesta
del Teatro Municipal de Marburg.
Adolf, que  había seguido su camino, y él
que parecía encaminado.
Pero la suerte perra
derruyó sus castillos nuevamente
al estallar la guerra.
Y fue a cumplir con su deber,
y lo que ahí va,
por la obvias razones de la nacionalidad.
Asistió, forzado, una vez más,
al necrosado de sus ilusiones.
A la fuerza, debió tomar distancia
con el mundo musical,
tuvo que abrirse paso
para sobrevivir. Y hacia el año Veinte
recaló en el ámbito municipal.
Qué distintos los tiempos
vividos con su amigo.
Qué años sin igual.

Y Cronos, a sí mismo se sumaba,
y en orden a cenizas
almanaques quemaba.
Diez años… doce, trece, lo que fuera
cuando un porqué desconocido,
un tiro de sus ojos, al descuido,
que impactó en la vidriera
de una librería.
Y era esa, claro, otra melodía
que escucharan de pronto sus oídos.
Una revista en primer plano le cerraba el paso,
y en tapa de la misma
salido del ayer
con el mismo carisma
la foto del Rienzi del Nacional Socialismo:
Adolf Hitler.

Como una estampilla del azar
aquella publicación franqueaba
en su evidencia
la posibilidad casi remota de supervivencia
de su amistad caída al mar.
Así, queriéndolo y sin querer
“Gustl” no supo qué cosa esa noticia
le pudiese traer.
Pudo Kubizek de esa manera
saber de su amigo estampido
en un Septiembre lejano, años atrás.
Se lo nombraba, insistentemente,
como el as
en  medios políticos del extremismo de Derecha
del que era bandera.
Que su amigo del alma al que Kkara
le encomendara en la puerta de su adiós
había seguido hablando,
por los dos,
en razón del verbo que el Hado
le entregara.
Claro que era su amigo,
¿si no quién iba a ser?
El Adolf de Wagner y de Linz,
que era el mañana de hoy desde el ayer.
Música de remembranzas, August abría
el cofre en el que guardara
su cartas, y  tarjetas, las pinturas
del Canciller en vías,
como un pasado escrito
que se subiera saltando en el estribo de ese tren,
el tren de las necesidades alemanas,
que hoy podían celebrar sus bodas
satisfaciéndolas a cada una
parando en todas.

Fuera a saber uno porqué en esa instancia
en que su alegría hiciese centro
el amigo de Hitler
no dio un paso adelante,
para acortar distancias
y sellar el reencuentro.
Si aquella prueba de vida fortuita,
esa gráfica evidencia de la librería
ocurrió en Mil Nueve Veintitrés
habrían de transcurrir,
transcurrirían,
diez años más
para verse otra vez.

No pasaba nada, simplemente,
Kubizek no quería importunar
ni hacerle perder tiempo
al tribuno famoso,
al tribuno vehemente.
Le bastaba saberse en el gozoso
tiempo de triunfo de su compañero.
Que si en algo hubiese
que ayudar,
él sería el primero.
¿Quién podía sustraerse, en Deutchland,  a la presión
Nacional Socialista
en el amanecer
del espíritu jerárquico del hombre,
en su mayor expresión
ese Enero de 1933,
y en el jardín del alma en flor, el Fuhrer
pasaba revista?
¡Adolf Hitler, Canciller de Alemania!
El vecino de Linz , Canciller desmedido.
El residente en Stumpergasse 29, por Wagner,
Canciller de Sigfrido.
Y Kubizekel que no era de levantar la mano
la alzó para escribirle al Canciller,   
su hermano.
Ahora sí era el momento,
y procedió a embarcar
más rápido que lento
a una hoja en un sobre a tal efecto,
con su tripulación exacta de conceptos
con destino al puerto berlinés
de la Cancillería.
Allí decía:
“Al Canciller del Reich Adolf Hitler en Berlín”,
sucediéndole un saludo y buen augurio
de su amigo de siempre, Kubizek.
La carta susodicha, repensada, enhiesta,
empleó seis meses para su singladura.
Y al cabo de la misma,
en los ojos de August, sobre en mano, fulgura
la esperada respuesta.
Con el membrete de la Casa Parda
sale del sobre de los años,
aunque tarda,
la sonrisa del Fuhrer
el sol del mediodía del verano
de los sueños nazis
que han llegado, de nuevo, a Capistrano.
Hitler se explayaba en un saludo afectuoso.
explicándole a Kubizek
que llovieron sobre la Cancillería
miles de cartas buscándolo a él.
Con saludos, pedidos, acercando los mejores deseos,
uno por uno y a granel.
Esas cartas habían retrasado la de
“Mi querido Kubizek”.
Que si podía que lo visitara, le decía.
Y agregaba, nada desataría
aquella amistad que los unía.

Una alegría maciza,
vertical, multicolor e indivisa
lo ganó a Kibizek rápidamente,
como un fuego bueno ganándole el alma
o como el agua que se difunde y pasa,
burlando al más alerta,
ubicua,por debajo de la puerta.
Hitler recordaba aquel tiempo, aquel ayer,
como “los años más bellos de mi vida”.
Y daba gusto ver
cómo esos años volvían a eslabonarse
en veinticinco años de cadena
al instante fatal de su partida.
Sin embargo Kubizek ya no pudo resistir
cuando el 12 de Marzo de 1938
el ejército alemán cruzó la frontera de Austria
viendo al Fuhrer venir.
Y allí, asomado al balcón
del Ayuntamiento de Linz
se hallaba “Rienzi, el último tribuno”
colándose en vertiginosa vaselina
hasta el fondo
del estupor civil de cada uno.
Estaba la emoción del gentío, y Hitler,
no dándole cuartel,
Y en el principio fue el Verbo
¡Heil!
que estaba con él
¡Heil!
y el Verbo era él,
¡Heil!

Protegido del Cielo,
menos de un mes más tarde, el genio revulsivo
de Hitler
otra ver en Linz agitaba al colectivo.
La Esperanza de Occidente detuvo su estrella
 en el Hotlel Weinzinger
donde una marea blanca y bella
frente a la plaza
derogaba lo que no fuese multitud.
Subido al estribo de su apuro,
hasta allí llegó corriendo Kubizel
junto a su gratitud,
por un pasado, y un  futuro de amistad
tan encumbrada como  rasa,
más noble que una hogaza.
En el lugar, un mundo de gente,
un mundo que empujaba
en el momento que él trataba de pasar.
Cosa bastante difícil, si las había.
Pero cuando eso ya no era posible
pelaba, repentino,
la carta de su amigo el Canciller.
Y había que ver
si eso no hacía de él un Moisés
de multitudes dado que Kubizek
abría las aguas del gentío y de la Policía
con la mágica carta que traía.
Llegado al cordón de la vereda del Hotel
lo frena en seco gente de Seguridad:
-¿Señor, a dónde cree que va?
-A ver al Señor Canciller.
-¿A quién va a ver?,
repreguntaba el guardia en forma socarrona,
y Aungust, blandiendo su intentona,
sacando del saco la correspondencia
que lo salvaguardaba
por un instante, a aquellos hombres, los petrificaba.
Era la carta de la Providencia.
era una hoja impresa con su módica
grafía
y una firma breve
que todos por aquellos lugares, conocían
Consultas.
–Espere usted un momento…
Y a poco, apretujado en su contento
zafando del apriete de la gente que quería
lo mismo que él
Kubizek seguía,
en su rara destreza
accediendo y rezando: “Permiso, permiso”
a la sitiada fortaleza.
A ese Hotel al que muy pocos ingresaban.
El lo hizo escoltado por un hombre SS
que haciendo gala
de señorío, firmeza y cortesía
lo invitó a que, por favor,
aguardara en una sala.

Había allí ministros, funcionarios y uniformes varios,
asistentes,
gente que entraba y salía
y el mundo que giraba
alrededor
del hombre, del amigo que él esperaba.
Quien hasta allí lo atendiera, hombre de Ceremonial
vuelve y ahora le pide
por favor, que no lo tome a mal
y regrese al día siguiente.
Que en la fecha el Fuhrer
no se encuentra en su día.
Sin embargo,  el hombre aprovecha la volada
porque quiere saber
algo de él que era su amigo.
Cosas pasadas, hechos  del tiempo aquel.
De la juventud del Fuhrer.
¿Quién era August Kubizek, qué sabía
del hombre por el que
Alemania desvivía?
Que supiera disculpar, que mañana
que con gusto, el Fuhrer lo atendería,
el 9 de Abril de 1938.
A “Gustl” no le quedaba otra
que saludar e irse.
Como el día anterior
la ciudad de Linz se hallaba colmada
de una multitud deseosa
de vivar al alma de la Cruz Gamada.
1908 – 1938 ¡Treinta años sin cuento,
habían pasado!
de  un “Hasta cada momento”.
Pero dándole razón al Budismo
todo había terminado siendo una ilusión.
Los años que se reunieron, se desvanecieron,
sorprendiéndose él mismo
por su viva emoción.
Hitler apareció de pronto,
y los treinta años de una a otra orilla
cayeron hechos astillas,
en un delta de trizas
y de añicos
los gestos de Hitler deshicieron
toda lejanía.
Kubizek aturdido
estira formal su mano como al más allá
y su amigo la toma emocionado
cuando las dos de da.
El saludo salda,
firma por los dos, de ese modo,
del exilio su adiós.
Al momento, los ojos de todos los testigos
habían convergido
en el reencuentro de aquellos dos amigos.
Lo primero que dijo el hijo de Klara
fue que lo mejor de todas las correspondencias
había sido la carta que “Gustl” le enviara.
La mejor de todas
que evocaba, poniendo en evidencia
 aquellos buenos tiempos
de los sueños salvajes.
De los viajes a Viena,
de tanto fervor.
El Canciller le decía
que se alegraba de volver a verlo.
que le parecía
que el tiempo se hubiese condensado
deteniendo el presente
apurando el futuro
acercando el pasado.
El Canciller, quería saber todo de “Gustl”
como músico. Qué obras había interpretado
y si la vida en sus vueltas
hijos le había dado.
Kubizek trató de ordenarse
-Tres hijos tengo, contestó con cautela,
y dotados todos musicalmente.
-Pues desde ya que los voy a ayudar, escúcheme.
En esa educación, permítame,
le dijo el Fuhrer,
que sea mía  la tutela.
Espontáneamente,
como semejando un bandoneón
que un ángel digitara
el tiempo transcurrido
se abrió y cerró
entregando acordes de emoción.
Llevaban ya una hora de enrevista
cuando el Canciller
llamó a su ayudante, que escuchó
las instrucciones referidas a los hijos
de su amigo. Y a su vez
el asistente le recordó al Canciller
los documentos que conservaba Kubizek,
guardados oportunamente
documentos valiosos del ayer.
Hitler, aunque solicitado, parecía no tenía apuro
y abrió grandes los ojos,
los que desde hacía tiempo
abriese al futuro.
¿Era cierto lo que había escuchado,
tenía Kubizek semejantes documentos reservados?
¿Su amigo conservaba cartas, tarjetas
y acuarelas?
“Gustl” dejó a medio abrir un envoltorio,
que concitó la atención de todos,
sobre el escritorio.
Hitler  quiso ver.
La mirada de “Mi Lucha” recorrió
el material con detenimiento.
Y valoró el recaudo que tuviera
su músico amigo,
que no cualquiera,
ser titular y actualizar esos colores
esas caligrafías.
Los sueños de esos días.
-Todo esto es suyo, “Gustl”, dijo el Fuhrer,
no lo olvide, ni por un momento.
Y agregó levantándose y tomándole las manos
-En cuanto pueda, lo llamaré, “Gustl”.
Pero “Gust” estaba mudo,
aunque escuchó decir a su entrañable amigo:
-Debemos vernos más a menudo.

Como una brisa apenas
como un sonido casi
que no se hacía escuchar
volvió para Kubizek, en el reencuentro abierto,
guardado a espaldas suyas
ese tiempo,
a pasar.
Como una fuerza buena, abriéndose  paso
las voces de un ocaso
guiando las memorias
hilvanaron pasado, 
ecos de alguna anécdota, y variados retazos.
Como partes urgentes de un órgano.
atrofiado, ahora rehabilitado
por la falta de uso
tan desmejorado
las piernas y los brazos de aquella amistad
volvían en afectos
a la normalidad.
Kubizek, caminó
el patio de su pecho
y recorrió pasillos de alegrías vacuos
y supo  no había techo
para la evocación que corre cualquier velo.
Aquellos dos amigos se seguirían viendo
si Dios lo permitía.

Y un día, a su través,
cuando no lo esperaba y estaba todo bien
un sobre membreteado
de la Cancillería
y datos en su envés,
llegaba nuevamente, un año después.
Kubizek, siguió los pasos de su mano
que buscaban un norte,
abrió el sobre despacio
y ahí mismo le saltó la alegría
como un simple resorte.
En nombre del Canciller del Reich
tenían el gusto de invitarlo
a los Festivales Wagner, de ese año, en Bayreuth.
¿”Gustl” aceptaría?
De ser así debía presentarse
en Julio 27 de ese año Treinta y Nueve.
La simple invitación
desbordaba el vaso de su alma
de una alegría aleve,
ya que satisfacía
las mayores expectativas musicales de su vida.
Eso que siempre soñó
y que su economía, cifrada en cuenta gotas,
volviera
una posibilidad remota,
ahora se daba.

La ansiedad de Kubizek le sacaba ventaja,
mirando por la ventanilla,
a la colina del Teatro,
viajando en el tren que llegaba,
de Bayreuth a la villa.
Aguardaban a Kibuzek expresos y distinguidos enviados
del Fuhrer,
en la estación del ferrocarril.
Enviados por el  Protocolo
se encargarían de su alojamiento,
y a no sentirse solo.
De la pretérita  Stumpergasse 29
a los Festivales Wagner en alas
de aquellas atenciones que le llueven.
Las funciones del Año Treinta y Nueve
arrancaron con  “El Holandés errante”,
un día después  correspondió “Tristán e Isolda”
y algo para “Gustl” sin igual
asistir, al día siguiente, al motivo
de la Santa Cena,
culmine de “Parsifal”.
A esa altura de los acontecimientos
la puerta del alma de “Gustl”, ya no cierra,
la ha sacado de su quicio la emoción
que experimenta,
la mayor emoción que habría de recordar
en esta tierra.
Clausuran aquellos Festivales
de música y de goces
una obra insoslayable,
 “El ocaso de los dioses”.

Kubizek, a punto de regresar,
es visitado en su residencia
por un oficial de las SS,
Hitler deseaba despedirlo en su presencia.
“Gustl” acepta, gratamente sorprendido.
Tras la noche, amaneció el encuentro
de los dos amigos.
Que una vez más, hablaron
recordaron
lo vivido treinta años atrás;
Hitler le confesaba lo que en otras oportunidades
le dijera.
Hitler deseaba, que el pueblo pudiera
llegar a conocer la obra de Wagner.
En un momento  dado de latidos hondos
Kubizek llega al fondo de su bolsillo
y saca un paquete de fotos
que desea
le autografíe el Fuhrer
para gente conocida suya que lo admira.
Hitler firma una y otra vez,
y cuando la rutina expira,
al cabo de su último trazo repetido
le dice a Kubizek:
-Venga usted.
Y salen al jardín. Bajan unos escalones,
caminan un pequeño sendero
hasta una verja al final del mismo.
Ahora, el silencio retumba.
Una hiedra se estira, hay hojas y una loza,
y de Wagner: Su tumba.
Hitler le toma el brazo emocionado
y le habla del enorme placer de estar juntos
en ese lugar, después de tanto tiempo,
allí. En ese lugar sagrado.
Después, habrán de recorrer la casa
y el piano que el Maestro había utilizado.
Mientras tanto, desde la calle llegaba
de la muchedumbre, el vocerío
Ahora Hitler, que ya se despedía,
le decía:
-“Gustl”, usted debiera estar siempre cerca  mío.

Un año había pasado.
Cuando los ojos de “Gust” se humedecieran
cuando su amigo, el  Canciller lo despidiera
señorial y pulcro
a las rejas de las sombras que eran
custodios de Wagner en sepulcro.
Y un año más tarde
con la guerra
cruzando las fronteras de Alemania
Kubizek volvía,  la Cancillería
lo invitaba nuevamente a los Festivales.
¿Volvería a verlo al Fuhrer?
Ya en Bayreuth, ya en el teatro
la señora Winifred Wagner
lo invitó a su palco.
Entonces: “El Holandés errante”
luego, “El Oro del Rin”
“Las Valkirias”,
confiándole la señora, entre otras voces,
que tal vez su amigo Hitler asistiera
a la representación, por él elegida,
del “Ocaso de los Dioses “
Eso  le hizo saber a Kubizek,
desde su Cuartel General, que ya había abandonado
volando para Bayreuth,
para encontrarse con Wagner y su amigo
el Hombre de los sueños alemanes,
que al punto
hacia allí se había encaminado.

Hiitler había querido cerciorarse que en la oportunidad
Kubizek estuviera.
Poder estrechar su mano
en el entreacto.
A las 3 de la tarde del 23 de Julio de 1940,
la hora de un día sin olvido,
arrancaba la ópera
de anclajes en Sigfrido.
Más venerado que amado o respetado
el Fuhrer en un palco
se encontraba sentado.
A las puertas del primer entreacto
se le comunicó a Kubizek
que su amigo deseaba saludarlo.
Hitler, también en el teatro, enorme,
en la oportunidad
se hallaba de uniforme.
Transpuestos los cordones de la Seguridad
y los del Protocolo,
cuyos talones ya pisa,
recibe Hitler a Kubizek, lozano,
con una gran sonrisa.
-“Estamos en guerra, ‘Gustl’ y eso aplaza
muchos de nuestros planes”, dijo.
Los triunfos en Polonia y en Francia
parecían contradecirlo. Sin embargo,
-“Esta guerra que pasa, usted sabrá,
a muchos de aquellos planes
los retrasa.”
Y como si la transformación portentosa de Alemania
y de Occidente
se encogiesen en su geografía,
le dijo el Fuhrer mirándolo a los ojos:
-Es mucho lo que queda por hacer, todavía “.
Hitler era el mismo de treinta años atrás,
el que sería eternamente,
el de estar a la altura de sus sueños, y ser capaz.
Era el amigo de Linz, de Viena,
era la más grande Esperanza
blanca,
la Esperanza en cuarto creciente de este mundo,
la Esperanza llena.
Como si las debiera,
Hitler le daba a Kubizek explicaciones,
le confiaba planes a futuro,
y en ese presente de dificultades
duro, le daba sus razones.
-“De estudiantes fuimos pobres, “Gustl”
eso lo sabe Dios,
y el hambre nos seguía.
En vano,  porque terminamos sacando la cabeza
fuera del agua,
uno primero. Después, los dos”.
Terminó a esa altura el entreacto, por lo tanto,
la ópera seguía
y a las puertas del magno Coliseo
la muchedumbre nazi
por el Fuhrer rugía.
Los dioses de Wagner llegaron a su ocaso
y los allí reunidos
con un raro apuro que a poco entendería
intentaban abrirse paso.
Las aguas de la Adolf Hitler Strasse
se hallaban entubadas
por la seguridad
a la altura del teatro y sus inmediaciones.
La multitud crecía en las veredas
esperando más que lista
que desde un automóvil descubierto
el Fuhrer de Alemania
les pasase revista.

A lo lejos
rompió la marcha el lustroso  coche a paso de hombre
el móvil descubierto
con un Hitler de pie,
un Hitler, más que nunca, cierto.
Su brazo en alto, extendido
en medio del presente florecido,
las banderas nazis flameando en el camino
flameando en los espíritus
flameando en el destino.
Y Kubizek a la altura de la puerta del teatro
apretujado en el cordón
queriéndolo ver, que a eso había venido,
al Águila del pueblo, del pueblo allí reunido.
Se va acercando
lenta la marcha de la caravana
los vítores,
las flores,
 la emoción
que todo lo engalana.
Pero algo habría de suceder
que “Gustl” no olvidaría.
En tanto, alguna gente ya  lo reconocía,
saludándolo en su sorpresa.
La cabeza de Kubizek se asomaba
entre los hombros de los SS,
casi en el cordón de la vereda.
Desde su coche, aquel espíritu bravío
divisó a su amigo,
advirtiendo a su chofer.
La caravana se detuvo
y apenas, lentamente, desvió su recorrido
en un gesto extraordinario.
El coche de las Runas,
el coche de Alemania,
el coche del Espíritu de Occidente
se acercó de repente
al borde de la calle, a la altura de “Gustl”
parando la revista.
Y el Águila le gritó a su amigo
desde la Eternidad:
-“¡Hasta la vista!”.
El mundo giró hacia Kubizek su cabeza,
que alelado
por el saludo en la certeza,
apenas respondió.
Volviendo hacia el centro de la calle
el Fuhrer repitió el saludo.
Y Kubizek, por obra de su gratitud y su emoción
ya nada pudo.

28 de Julio de 1940,
que alguien haga la cuenta.


DIARIO PAMPERO Cordubensis
INSTITUTO EREMITA URBANUS
Córdoba de la Nueva Andalucía
Sopla el Pampero. ¡VIVA LA PATRIA! gspp*