domingo, mayo 16, 2010

A 74 años del "Manifiesto de Las Palmas"

1936 - 18 de julio – 2010: Inicio de la Cruzada Nacional,  por Dios y por España.

Editó: Lic. Gabriel Pautasso

En tiempos en que las tergiversaciones, las falacias y las mentiras acerca de la historia reciente son comunes, que asiduamente difunden y manipulan los llamados “demócratas de toda la vida, defensores de los derechos humanos” -hijos de lucifer-, resulta de gran interés leer atentamente el “Manifiesto de las Palmas”, uno de los documentos del Generalísimo Franco más importantes y definidores de su pensamiento.
Fue escrito de su puño y letra, fechado a las 5 y cuarto horas del día 18 de julio de 1936, comienzo de la “Cruzada Nacional”: 
en la España atea, roja, republicana, masónica y perseguidora de la Fe católica y de sus tradiciones: 13 obispos, 4.171 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas, y decenas de millares de fieles fueron salvajemente asesinados; “Mártires en el sentido estricto de la palabra”, en palabras de Su Santidad Pío XI.
A las siete de la mañana del aquel día, la Radio Club Tenerife, anunciaba al mundo que había llegado la hora histórica de la liberación nacional: "Aquí, la estación EAJ-43, Radio Club Tenerife, al servicio de España y la causa que acaudilla el general Franco. Vamos a dar lectura al bando de proclamación del Estado de Guerra, que rige para las Islas Canarias desde las 5 horas de la mañana de hoy 18 de julio de 1936".

He aquí el documento:


2« ¡ESPAÑOLES!

A cuantos sentís el santo amor a España, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a los que jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la Nación os llama a su defensa.
La situación de España es cada día que pasa más crítica. La anarquía reina en la mayoría de sus campos y de sus pueblos; autoridades de nombramiento gubernativo presiden, cuando no fomentan, las revueltas. A tiros de pistolas y ametralladoras se dirimen las diferencias entre los bandos de ciudadanos, que, alevosa y traidoramente, se asesinan, sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia.
Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la Nación, arruinando y destruyendo sus fuentes naturales de riqueza y creando una situación de hambre que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores.
Los monumentos y tesoros artísticos son objeto de los más enconados ataques de las hordas revolucionarias, obedeciendo a las consignas que reciben de las Directivas extranjeras, que cuentan con la complicidad o negligencia de gobernadores monteriles.
Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos, mientras las Fuerzas de Orden Público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que provoca una obediencia ciega a gobernantes que intentan deshonrarlas. El Ejército, la Marina y demás Institutos armados son blanco de los soeces y calumniosos ataques, precisamente por aquellos que deben velar por sus prestigios.
Los estados de excepción y alarma sólo sirven para amordazar al pueblo y que España ignore lo que sucede fuera de las puertas de sus villas y ciudades, así como para encarcelarla a los pretendidos adversarios políticos.
La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total; ni igualdad ante la Ley, ni libertad, aherrojada por la tiranía, ni fraternidad; cuando el odio y el crimen han sustituido al mutuo respeto, ni unidad de la Patria, amenazada por el desgarramiento territorial más que por regionalismo que los propios poderes fomentan; ni integridad y defensa de nuestras fronteras, cuando en el corazón de España se escuchaban las emisoras extranjeras que predican la destrucción y el reparto de nuestro suelo.
La Magistratura española, que la Constitución garantiza, igualmente sufre persecuciones que la enervan o mediatiza y recibe los más duros ataques a su independencia.
Pactos electorales, hechos a costa de la integridad de la propia Patria, unidos a los asaltos a Gobiernos Civiles y cajas fuertes, para falsear las actas, formaron la máscara de la legalidad que nos preside. Nada contuvo la apetencia de Poder; destitución ilegal del moderador; glorificación de la revolución de Asturias y de la separación catalana; una y otra quebrantadoras de la Constitución que, en nombre del pueblo, era el Código fundamental de nuestras Instituciones.
Al espíritu revolucionario e inconsciente de las masas, engañadas y explotadas por los agentes soviéticos, que ocultan la sangrienta realidad de aquel régimen que sacrificó para su existencia veinticinco millones de personas, se unen la malicia y negligencia de Autoridades de todo orden que, amparadas en un Poder claudicante, carecen de autoridad y prestigio para imponer el orden y el imperio de la libertad y la justicia.
¿Es qué se puede consentir un día más el vergonzoso espectáculo que estamos dando al mundo?
¿Es qué podemos abandonar a España a los enemigos de la Patria, con un proceder cobarde y traidor, entregándola sin lucha y sin resistencia?
¡¡Eso no!! Que lo hagan los traidores, pero no lo haremos quienes juramos defenderla.
Justicia e igualdad ante la Ley os ofrecemos. Paz y amor entre los españoles. Libertad y fraternidad exentas de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos. Justicia social, llevada acabo sin enconos ni violencias y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía española.
Pero, frente a eso, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engañadores del obrero honrado, a los extranjeros o a los extranjerizantes, que directa o solapadamente intentan destruir a España.
En estos momento es España entera la que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia; en todas las regiones, el Ejército, la Marina y Fuerzas de Orden Público se lanzan a defender la Patria. La energía en el mantenimiento del orden estará en proporción a la magnitud de las resistencias que se ofrezcan.
Nuestro impulso no se termina por la defensa de unos intereses bastardos, ni por el deseo de retroceder en el camino de la Historia, porque las Instituciones, sean cuales fueren, deben garantizar un mínimo de convivencia entre los ciudadanos que, no obstante las ilusiones puestas por tantos españoles, se han visto defraudadas, pese a la transigencia y comprensión de todos los organismos nacionales, con una respuesta anárquica, cuya realidad es imponderable.
Como la pureza de nuestras intenciones nos impide el yugular aquellas conquistas que representan un avance en el mejoramiento político-social, y el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestros pechos, del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez, y por este orden la trilogía FRATERNIDAD, LIBERTAD E IGUALDAD.
Españoles: ¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!»
«¡¡¡VIVA EL HONRADO PUEBLO ESPAÑOL Y MALDITOS LOS QUE EN LUGAR DE CUMPLIR SUS DEBERES TRAICIONAN A ESPAÑA!!!»
Santa Cruz de Tenerife, a las cinco y cuarto horas del día 18 de julio de 1936.

General Francisco Franco Bahamonde
Comandante General Canarias
 Sólo el 18 de julio, en Nota Oficiosa del Ministerio de la Gobernación, radiada a las 8.30, el Gobierno decía al país:

“El Gobierno se complace en manifestar que varios grupos de elementos leales resisten frente a la sedición en las plazas del Protectorado, defendiendo con su prestigio la autoridad de la República… “.
“En este momento, las fuerzas de Aire, Mar y Tierra, salvo la excepción señalada, permanecen fieles en el cumplimiento del deber y se dirigen contra los sediciosos… “.
“El gobierno de la República domina la situación”.

Ocurría, por cierto, todo lo contrario. La Verdad fue testigo de ello. Deo Gratias.


Cómo surgió la idea de Cruzada en la guerra civil

Rvdo. P. Maximiliano García Cordero

LOS PROPOSITOS INICIALES DE LOS GENERALES SUBLEVADOS

a) Los militares alzados en armas contra el Gobierno del Frente Popular (no contra la República) no tuvieron otros móviles que restablecer el orden público y la seguridad ciudadana frente al caos de los primeros meses de gobierno del Frente Popular implantado a raíz de las elecciones del 16 de febrero de 1936. La anarquía era creciente (más de doscientas iglesias incendiadas y más de 400 muertos en las calles), entre febrero y junio del mismo año (1), y los socialistas radicales juntamente con los comunistas, querían imponer la «dictadura del proletariado» al estilo de la Rusia soviética stalinista. Por su parte, los anarquistas querían subvertir el orden social en un programa radical nihilista, pues querían dinamitar el Estado para imponer la utopía de una sociedad sin autoridad estatal.

Al iniciarse el Alzamiento Militar en las Islas Canarias, el general Franco, además de declarar el estado de guerra en su territorio, mandó leer por Radio Tenerife un manifiesto a todos los españoles para justificar su actitud con un manifiesto de intenciones ideológicas, pues los otros generales sublevados se limitaron a declarar el estado de guerra en su circunscripción militar). En su invitación a sublevarse a los mandos militares se declara que «la situación de España es, cada día que pasa, más crítica. La anarquía reina en la mayoría de sus campos y pueblos… A tiros de pistola se dirimen las diferencias entre los bandos de los ciudadanos… sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia».

«Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la nación, arruinando y destruyendo sus fuentes de riqueza, y creando una situación de hambre, que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores. Los monumentos y tesoros artísticos son objeto de los ataques de las hordas revolucionarias, obedeciendo a las consignas que reciben de directivas extranjeras, que cuentan con la complicidad o negligencia de gobernadores o monterillas. Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos, mientras las fuerzas de orden público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que provoca una obediencia ciega a gobernantes que intentan deshonrarlas… La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total: Ni igualdad ante la ley, ni libertad, aherrojada por la tiranía, ni fraternidad cuando el odio y el crimen han sustituido al mutuo respeto, ni la unidad de la Patria, amenazada por el desgarramiento territorial. Glorificación de las revoluciones de Asturias y Cataluña, una y otra quebrantadoras de la Constitución… Os ofrecemos justicia e igualdad ante la ley, paz y amor entre los españoles, libertad y fraternidad, exentas de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos, justicia social, llevada a cabo sin enconos ni violencias, y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía española… En estos momentos es España entera que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia… Nuestro impulso no se determina por la defensa de unos intereses bastardos, ni por el deseo de retroceder en el camino de la historia, porque las Instituciones deben garantizar un mínimum de convivencia entre los ciudadanos… El espíritu de odio y de venganza no tiene albergue en nuestros pechos… Del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez y por este orden, la trilogía fraternidad, libertad e igualdad. ¡Viva España! Viva el honrado pueblo español!» (2)

En este manifiesto no hay alusión alguna al problema religioso ni a la institución de la monarquía. Sólo se quiere garantizar el orden público para una mejor convivencia entre los españoles y el fomento de la justicia social. Así, pues, la sublevación militar se concibe como una especie de operación quirúrgica, como había sido la dictadura del general Primo de Rivera, para atajar el cáncer de la anarquía social.

El término «cruzada» aparece por primera vez en labios del general Franco en su alocución desde radio Tetuán el 24 de julio, pero en sentido puramente patriótico y cívico sin connotación religiosa, pues habla de «una cruzada en defensa de España», y así, se refiere a «una cruzada patriótica». Pero al día siguiente, 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, patrono de España, desde la misma emisora el general Franco alude por primera vez al sentido religioso del Alzamiento, pues dice: «Con nosotros va el bienestar, la paz de España, la familia y la Religión, todo» (3). Así, la cruzada patriótica se convierte en defensa de los valores fundamentales de la familia y del sentir religioso de la sociedad española, es decir, en defensa de lo que llamamos la civilización cristiana, como expresamente se declarará en manifestaciones posteriores de los caudillos de la cruzada patriótica.

b) Por su parte, el general Mola en sus alocuciones del mes de agosto, destaca ya las connotaciones religiosas del Movimiento insurreccional. El contacto con los requetés navarros, que desde el principio daban sentido marcadamente religioso a la guerra en que participaban, le hace descubrir esta faceta del Alzamiento. Ya el 15 de julio (dos días antes del Alzamiento) dijeron a Mola, al comprometerse en su insurrección: «Que Dios proteja esta santa cruzada» (4).

Y, de hecho, el general pronto se dejó contagiar con esta ideología cívico-religiosa. Así, el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, y nueve días después de la Carta pastoral de los Obispos de Vitoria y de Pamplona (de la que luego hablaremos) desde Radio Castilla de Burgos el general en un lenguaje épico y lírico declara: «Y luego, sobre las ruinas que el Frente Popular deje -sangre, fango y lágrimas- edificar un Estado grande, fuerte y poderoso, que ha de tener gallardo remate, allá en la altura, una Cruz de amplios brazos -señal de protección a todos- la Cruz de nuestra religión y de nuestra fe, lo único que ha quedado y quedará intacto en esta vorágine de locura…» Y, después de llamar mártires a los muertos de la guerra, termina: «Pido a los creyentes que dediquen una oración por las almas de los murieron en la santa Cruzada de salvar a la Patria. Y a los que no lo sean, un recuerdo. Y yo, más obligado que nadie, prometo una oración y el recuerdo, y para sus tumbas las mejores flores de mi jardín…» (5).

Y el día 15 de septiembre, también desde Radio Castilla de Burgos, después de aludir a los asesinatos de hombres ilustres, entre ellos de sacerdotes y religiosas «por el delito… de haber consagrado su vida a Dios (es de notar que este discurso es un día después de que Pío XI declarara en Castelgandolfo (como veremos) a los muertos por los marxistas como «verdaderos mártires en el sentido propio de la palabra», añadiendo al general Mola: «Y no ha de tardar en que pongamos el colofón a esta gran Cruzada a la cual nos hemos lanzado unos cuantos hombres de buena voluntad» (6). Y en enero de 1937 Mola habla de la «santa cruzada» contra el comunismo y la anarquía». Y en febrero de ese mismo año declara que, después de enterrar la II República, «pondrán sobre su tumba el «símbolo de la redención a pesar de ser rabiosamente laica, influida por el comunismo y la masonería».

Franco llama también «los cruzados de la santa España » a los combatientes del Ejército nacional. Y el general Dávila en la ofrenda al apóstol Santiago el 25 de julio de 1937, en plena batalla de Brunete, donde estaba el Generalísimo, proclama: «Surgió el grito de la fe y del patriotismo, y para su defensa, se formaron legiones, regimientos y falanges de cruzados, que llevando en el pecho tu enseña gloriosa, hacen de nuevo a España, y te proclaman por su patrón y guía» (7). Y le contestó el Cardenal Gomá en el mismo sentido, sin emplear la palabra cruzada que ya había usado el Obispo Pla y Deniel, de Salamanca en su Carta pastoral del 29 de septiembre de 1936, como luego veremos.

Y en noviembre de 1936 el general Millán Astray (entonces Director general de Propaganda en la España nacional) declara por Radio Valladolid, dirigiéndose a los madrileños que esperaban su liberación con la conquista de la ciudad por las tropas de Franco: «en la hora suprema de la muerte, Dios abre los ojos a la verdad y ven claramente a Cristo Redentor y a la Patria querida» (8), y antes había hablado de «los hombres de la Religión y de la fe que defienden la Religión de Cristo contra las perversas teorías de Moscú». Por su parte, el general Cabanellas, masón y republicano laico, escribió el 22 de octubre de 1936 en una revista aragonesa: «Quiero que los últimos renglones que salgan de mi pluma después de haber entregado los poderes de la Junta nacional al insigne general Franco, supremo Caudillo de la nueva España, sean para proclamar mi gratitud a la protección divina, sin la que hubiéramos podido vencer contra tantos y poderosos enemigos. Como en la Reconquista, como en el descubrimiento de América, como en la guerra de la Independencia, la Vir gen del Pilar protege y salva a España» (9).

Como dice una autor no simpatizante con la causa nacional, «los generales del alzamiento se lanzaron abiertamente a combatir por la Patria, y de pronto, se encontraron también combatiendo por Dios, se fueron a una guerra y se encontraron metidos en una Cruzada con Providencia y milagros. Ellos nunca lo hubieran imaginado en julio de 1936» (10). Por lo que al finalizar la guerra, en junio de 1939, se concedieron honores militares a la Virgen de Covadonga, que rescatada de la embajada española de París, entró en España en un viaje triunfal con un cortejo militar hasta quedar en su lugar del Santuario, llevando al final su imagen en hombros los generales Martín Alonso (libertador de Oviedo) y Vigón, Jefe del Estado Mayor de Franco. Y se declara en el decreto en el que se conceden honores militares: «porque la fervorosa exaltación religiosa y patriótica han dado aliento y vigor a nuestra Cruzada» (11).

Al terminar la guerra, el Obispo de Salamanca Pla y Deniel llama a Franco «gran Caudillo defensor del espiritualismo de nuestros días» (12). Ya en su entorno familiar había recibido una esmerada formación religiosa debida a su madre; y al salir de la Academia Militar de Toledo, en 1911, siendo teniente, a los 19 años, ingresó en la Adoración nocturna de El Ferrol, según consta en acta del 11 de junio de 1911 (13). Y un Padre franciscano, misionero en Marruecos, llamado Antonio Rojo, dice que en Villa Sanjurjo (Alhucemas) comulgaba con frecuencia, y que cuando no podía asistir a Misa por sus obligaciones, iba a la Misión para que le dieran la Comunión (14). Pero su conciencia religiosa se acentuó durante la guerra, y así el 11 de enero de 1939 (tres meses antes de terminar la contienda), dijo al periodista Manuel Aznar, que «llamaría a los españoles de nuevo y los pondría en pie de guerra por la defensa de la fe de Cristo si la Iglesia de Cristo se viera amenazando como en otros siglos» (15).

Ya en el radiomensaje emitido por Radio Nacional en Salamanca en la Nochebuena de 1937 hablaba de la «victoria final de nuestra causa que es la causa de los cristianos en la tierra» (16). Y poco antes, el 16 de noviembre de 1937 declaraba a un periodista de «L'Écho de París»: «Somos soldados de Dios, y no luchamos contra otros hermanos, sino contra el ateísmo y el materialismo» (17). Y al corresponsal de la Agencia católica norteamericana de noticias «New Service» afirma: «Nuestra guerra es en defensa de la Religión y de la Civilización cristiana». Por lo que se ve muy pronto tenía conciencia de ser el Capitán de la Cruzada en sentido patriótico y religioso.

El Obispo de Salamanca, escribía al finalizar la guerra en 1939 que «en la santa Cruzada contra el comunismo ha tenido la Acción Católica, no sólo numerosísimos mártires y algunos de la rama femenina, que han sufrido la muerte a los gritos de «¡Viva Cristo Rey!» y ¡Viva España!, sino también numerosísimos héroes en los campos de batalla», pues «los miembros de la Juventud Católica Española no esperaron a obligadas movilizaciones para ser valientes cruzados de Dios y de España. En el Alcázar de Toledo se encontraban 21 jóvenes de Acción Católica, todos voluntarios, exceptuando algunos que eran soldados de la Escuela Central de Gimnasia, y entre ellos Antonio Rivera, presidente de la Unión diocesana de Toledo, «el ángel del Alcázar» como le llamaban sus heroicos compañeros. Y en Oviedo, los miembros de la Unión diocesana se presentaron voluntarios en el Cuartel de Pelayo… ¡Cómo ha contribuido a sostener la llama del ideal y el verdadero espíritu de la Santa Cruzada de su inflamado amor a Dios y a la Patria! (18). Y el Obispo Pla y Deniel proclama al final de la guerra: «Cruzada por la civilización cristiana la guerra, cuya victoria estamos celebrando, ha tenido que ser segunda reconquista de España. La primera empezó bajo la protección de Nuestra Señora de Covadonga… La segunda ha comenzado bajo la protección de la Virgen de África, a la que invocó el Caudillo para terminar por la expulsión de los comunistas y sus aliados a través de los Pirineos» (19).

LAS DECLARACIONES DE LA JERARQUIA ECLESIASTICA SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
                                             Cardenal Gomá

a) El primer documento de la jerarquía eclesiástica sobre el sentido religioso de la contienda civil española está en la Carta pastoral de los Obispos de Vitoria, Mateo Mújica, y el de Pamplona, Marcelino Olaechea firmada el 6 de agosto de 1936 (redactada por el Cardenal Gomá a petición de ellos) para tratar de ganar a la causa nacional a los nacionalistas vascos que, a pesar de ser católicos, se habían adherido al Gobierno que propugnaba un laicismo radical y hostial a la Iglesia católica. En ese documento se declara que en esta guerra «está en juego la suerte de la Religión y de la Patria», pues en sus diócesis ha surgido «un problema pavoroso de orden religioso-político, porque «en el Movimiento cívico-militar de nuestro país laten juntos, el amor a la Patria en sus varios matices, y el amor tradicional de nuestra Religión sacrosanta… Vasconia y Navarra con la marca gloriosa de la sangre derramada por Dios»… Y los dos prelados consideran como «gravísimo el que hijos amantísimos de la Iglesia… hayan hecho causa común con enemigos declarados y encarnizados de la Iglesia.
Han sumado sus fuerzas a la de ellos… y eso non licet. No es lícito fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo… Menos es lícito sumarse al enemigo (de la Iglesia), promiscuando el ideal de Cristo y el de Belial, entre los que hay compostura posible… El marxismo o comunismo es hidra de siete cabezas, síntesis de toda herejía, opuesto diametralmente al Cristianismo en su doctrina religiosa, política, social y económica… Y el Sumo Pontífice prohíbe dar la mano al comunismo… No se puede anteponer la política a la Religión. Antes que la Patria está Dios… Y es grave peligro pactar con un enemigo tan tenaz, poderoso como es el que hoy pretende la hegemonía en España; porque la fidelidad a los pactos no obliga a los sin Dios, fundamento único de toda obligación moral. Porque el comunismo no se contenta con menos que con todo, y al final de la contienda, cuando os halléis en minoría frente a un enemigo irreconciliable por principios, por objetivo social, que daréis en el desamparo que en que quedan todas las minorías en régimen de democrática autocracia… La ruina de España es la ruina de todos, pues en ella como en el regazo de una madre caben todos sus hijos, sin perder la fisonomía particular. Un régimen de sensatez y de comprensión puede en España resolver todas las aspiraciones legítimas». Y terminan los dos prelados otorgando la bendición a todos, especialmente «para cuando se sacrifican en este momento por la Religión y la Patria» (20). Aquí, pues, aunque no se emplea el término «cruzada», se da una dimensión religiosa a la guerra que empieza a llamarse de liberación entre los nacionales.

b) Como en la parte ocupada por los nacionalistas en las provincias vascongadas se decía que este documento de los dos Obispos era apócrifo, el Obispo de Vitoria, D. Mateo Múgica, hizo proclamar por la radio de Vitoria un nuevo documento el 8 de septiembre de 1936 en estos términos: «El día 6 de agosto nuestro documento pastoral condenaba la incomprensible conducta de algunos católicos de nuestra diócesis que combatían a metralla despiadada a otros hermanos suyos católicos levantados en armas a una con la inmensa mayoría del Ejército español, para defender los intereses religiosos de España… No podéis de ninguna manera cooperar ni mucho ni poco, ni directa ni indirectamente, al quebranto del Ejército español y cuerpos auxiliares, requetés, falangistas y milicias ciudadanas, que enarbolando la auténtica bandera española, la bicolor, luchan heroicamente por la Religión y por la Patria. Oh, si triunfaran los marxistas, rotos los diques de la Religión, de la moral y de la descendía, la ola arrolladora hundiría a todos en su ímpetu furioso. ¡No habría salvación para los católicos, y procurarían por todos los medios borrar hasta el último vestigio de Dios! ¡Qué diferencia con lo que sucede en las provincias que resueltamente se adhirieron al Salvador Movimiento del Ejército español!… El crucifijo ha sido restituido a su puesto de honor en las escuelas, la imagen venerada del Sagrado Corazón ha retornado a su trono que ocupaba en los Ayuntamientos y Diputaciones. Son respetados los derechos de la santa Iglesia. Sacerdotes, religiosos y religiosas son respetados, apoyados, amados… Y se prometen oficialmente soluciones cristianas ventajosísimas a los obreros… Irún fue incendiada por los marxistas, como serían destruidas otras ciudades, si unidos los buenos, como han hecho en el resto de España no aplastan a ese monstruo del marxismo, ruina de toda civilización… El Ejército español y sus cuerpos auxiliares están dispuestos a triunfar cueste lo que cueste, y hay que apoyarles decididamente… Basta de sangre. Dejad de combatir al Ejército español victorioso, apoyadlo, cooperad con él, y sálvase la vida de todos para que todos, olvidando odios y rencores, podamos vivir en paz y santa libertad». Finalmente invita el Obispo de Vitoria a los sacerdotes y religiosos a orar para cooperar por todos los medios visibles al triunfo del Ejército salvador de España! ¡Viva España!» (21.)

c) Alocución del Papa Pío XI a los españoles huidos en Castelgandolfo. El 14 de septiembre de 1936 recibía el Papa Pío XI en audiencia a 500 españoles huidos de la zona roja, a los que saludaba como «venidos de la gran tribulación», ya que fueron perseguidos como los «primeros mártires», porque «el mundo no era digno de tenerlos». Y les felicitaba por haber sufrido como «los primeros apóstoles por el nombre de Jesús y por ser cristianos… Son verdaderos martirios en el sentido sagrado y glorioso significado de la palabra hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de juventudes primaverales hasta la intrépida generosidad que pide un lugar en el carro y con las víctimas que esperan al verdugo». Y declaraba que los mártires de España se añadían al glorioso martirologio de la Iglesia de España», y se congratulaba del «amplio despertar de piedad y de vida cristiana, especialmente en el buen pueblo español». Y terminaba la alocución con estas significativas palabras: «Por encima de toda consideración mundana y política, nuestra bendición se dirige de manera especial a cuantos han asumido la difícil y peligrosa tarea de defender los derechos y el honor de Dios y de la Religión» (22).

d) Carta Pastoral del Obispo de Salamanca, D. Enrique Pla y Deniel, titulada «las dos ciudades» sobre la guerra española. La alocución de Pío XI dio pie al Obispo de Salamanca para redactar a fines de septiembre de 1936 una Carta Pastoral de tipo doctrinal sobre el profundo sentido de la guerra española, a la que califica explícitamente de Cruzada (término que no habían empleado los obispos de Vitoria y de Pamplona) en estos términos: «Hoy están en lucha épica en nuestra España dos concepciones de la vida, dos fuerzas que están aprestadas para una lucha universal en todos los pueblos de la tierra, las dos ciudades, la del desprecio de Dios y la del amor a Dios… El comunismo y el anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al odio de Dios… pero enfrente han florecido el heroísmo y el martirio, que en amor exaltado a España y a Dios, ofrecen en sacrificio su propia vida… Los comunistas y los anarquistas son los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos… Frente a ellos están los soldados y voluntarios que luchan por Dios y por la Patria».
Y justifica el prelado salmantino el Alzamiento Militar conforme a la doctrina de los grandes teólogos hispanos que sostienen la licitud de la insurrección contra una situación de tiranía en los poderes públicos. Por lo que dice: «Millares de jóvenes luchan por Dios y por España… Son jóvenes combatientes de una Cruzada… El comunismo es el hijo de la envidia y del odio… Una España laica ya no es España… No se confunda la confesionalidad (del Estado) con la teocracia… Los católicos han de ser los mejores ciudadanos y los más fieles cumplidores de las justas leyes del Estado… Nuestro Señor nos concederá la gracia de entornar el Te Deum por la España recobrada para Dios, recobrándose a sí misma…» Y al final, termina enviando su bendición pastoral a los que en los campos de batalla luchan por Dios y por España» y a los que quedan en la retaguardia cooperando a la santa Cruzada. Porque se trata de una Cruzada contra el comunismo para salvar la Religión, la Patria y la Familia, por lo que los combatientes son «los cruzados del s. XX» (23.)

e) Y el 13 de febrero de 1937 se celebra en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca un acto de homenaje a Pío XI en el XVI aniversario de su coronación pontificia, en el que el Obispo Pla y Deniel pronuncia una larga alocución titulada «Pío XI y España». En ella reitera sus ideas sobre el carácter justo de la insurrección militar según la doctrina católica tradicional, utilizando varias veces el término «Cruzada». Así dice: «El desbordamiento de la anarquía comunista contra la cual estamos sosteniendo cruenta y heroica Cruzada, pues no es una mera guerra civil, ni una guerra internacional, sino sustancialmente es una Cruzada con todas las de la ley, al estilo de las históricas campañas medievales… Sustancialmente es una Cruzada por la Religión, por la Patria y por la civilización contra el comunismo. Una solemne bendición pontificia dada el 14 de septiembre de 1936, desde Castelgandolfo, a los que en España luchaban con las armas en defensa de la Religión y de la civilización cristiana, implícitamente encerraba la aseveración de la tesis tradicional sobre la licitud del Alzamiento en armas contra un poder excesivamente tiránico y contra la anarquía, y la aplicación de esta tesis al caso de España… Las palabras, sin embargo, de mayor trascendencia del discurso papal son las solemnísimas siguientes «Sobre toda la consideración mundana y política nuestra bendición se dirige de una manera esencial a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión, que es como defender los derechos de la dignidad de la conciencia, la condición primera y la base segura de todo los humanos y del civil bienestar»… Por lo que Pla y Deniel concluye que en la guerra de España se trata de una verdadera Cruzada por Dios, por la religión y por la civilización (24).

f) Y al terminar la guerra civil, el 21 de mayo de 1939, el obispo de Salamanca lanzó una segunda Pastoral titulada El triunfo de la ciudad de Dios y la resurrección de España en la que repite: «La bendición de Pío XI a los heroicos combatientes de la España Nacional consagraba el carácter de Cruzada de la guerra española. No había sido esta Cruzada ordenada ni convocada por la Iglesia, pero fue reconocida y bendecida como tal por Pío XI el 14 de diciembre de 1936. Y el Papa no bendice más que a los cruzados… La bendición de Pío XI nos dio la seguridad suficiente, que como Obispo necesitábamos, para publicar más tarde, el 30 de septiembre de 1936, nuestra Pastoral Las dos ciudades, definiendo la tesis de que no se trataba de que la guerra de España fuera una mera guerra civil, sino de una verdadera Cruzada por la religión, por la Patria y por la civilización cristiana» (25).

g) Por su parte, el Cardenal Gomá en su escrito Sobre el caso de España, dedicado a explicar el carácter religioso de la guerra española contra los que decían que era una mera guerra de clases, de ricos contra pobres, de demócratas contra fascistas, puntualiza: «Si la guerra actual aparece como una guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene, en el fondo debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera Cruzada en pro de la Religión católica; lo que era como un eco de las palabras de la Carta Pastoral de Pla y Deniel, escrita dos meses antes. Y continúa: «La Cruz y la espada -la espada contra la Cruz- son la síntesis de la historia del Cristianismo en sus tres primeros siglos. En los tiempos medievales -la espada al servicio de la Cruz- las Cruzadas en que millares de hombres blanden la espada, marcado su pecho con la cruz, son uno de los movimientos de fuerza y de espíritu, que dejaron huella profunda en la historia del mundo. Y hoy sacerdotes y soldados españoles, para que no falte en la historia de la conjunción de la cruz y la espada, os juntáis en los campos de batalla, unos para levantar, sobre las frentes rendidas, la Hostia y el Cáliz, reproducción del sacrificio de la Cruz y otros obedeciendo al gesto fulminante de la espada de vuestros jefes para lanzaron, en nombre de Dios y de la Patria, a la reconquista del bendito pueblo de España… Que la Cruz sea como la forma espiritual de la espada, que no vibre la espada si no es movida por un profundo espíritu de justicia… Es un ejército de cruzados (26). Y el 2 de febrero el Cardenal Gomá habla de «nuestra Cruzada» en su Pastoral, titulada Catolicismo y Patria. Ya en 1938 había hablado de que nuestra guerra tiene en algunos aspectos todos los caracteres de Cruzada tanto por lo menos que algunas guerras de Religión que registra la historia» (27).

h) El 30 de enero de 1937 el Cardenal Gomá publicó una Carta Pastoral sobre El sentido cristiano español de la guerra, y en ella destacaba cómo el ideal de la paz es consustancial con el Mensaje evangélico, que gira en torno al «Príncipe de la paz». Y la guerra es la antítesis de la paz. Los hombres, si hacen la guerra, debe ser para lograr la paz. Por lo que ahora «el dolor de España» en guerra debe ser «su penitencia». Por lo que cada cristiano debe ser un «soldado de la oración», pero «buena parte del territorio de España está sin templos, sin culto, sin Hostia que se levante en medio de los pueblos y ciudades desiertas de Dios… Nuestro espíritu nacional debe ser injertado en Dios… Los enemigos nuestros se llaman así mismos «Sin Dios», y luchan contra Dios… Por eso aplaudimos de corazón la palabra recientemente dicha por el Jefe del Estado: «Nosotros queremos una España católica». Porque «España debe salvar la civilización cristiana de la acción destructora y antisocial del marxismo, como en otros tiempos la salvó de los horrores de la Media Luna y de la desviación de la Reforma… Porque en esta epopeya que el espíritu nacional escribe, con la profesión de fe y con el valor de sus armas son páginas dignas de los tiempos heroicos, que no desdirían en una antología universal de los hechos famosos. Citemos, en el orden militar, nuestro Alcázar de Toledo, y en lo religioso, el heroísmo de millares de mártires, cuyas gestas no tienen equivalencia sino en el Martirologio romano… En el ejemplo de nuestros héroes y en la sangre de nuestros mártires fundamos otro motivos de nuestras esperanzas… pues la sangre de millares de españoles que la han derramado por su Dios y por su fe, cuyo grito postrero ha sido un vítor a Cristo Rey… es una plegaria viva por España» (28).

LA CARTA COLECTIVA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL SOBRE LA GUERRA DE ESPAÑA

a) El 10 de febrero de 1937 el Cardenal Pacelli, Secretario de Estado en el Vaticano, sugirió al Cardenal Gomá en una carta la oportunidad de hacer público algún documento episcopal e n el que con delicadeza se abordara la colaboración de los católicos vascos con el comunismo. Y entonces, el Cardenal Gomá consultó con los obispos sobre la oportunidad de redactar una Carta colectiva del Episcopado sobre la guerra de España en general, dada la desorientación del mundo sobre la misma. Lo de redactar una nueva Carta a los católicos vascos lo considera inútil después de que no han hecho caso a la Carta Pastoral de los obispos de Vitoria y Pamplona. Consultado el Vaticano sobre el proyecto de una Carta colectiva sobre la guerra en general, el cardenal Pacelli contestó que «el Santo Padre lo deja plenamente a su prudente juicio». El 10 de mayo de 1937 el Cardenal Gomá es llamado por Franco para tener una entrevista en Salamanca, donde estaba el Cuartel General, porque Franco se lamentaba de la injusta campaña en el extranjero contra el bando nacional, y le rogó que «la Jerarquía española hiciera algo para disipar dudas y aclarar horizonte». Entonces el Cardenal Gomá le habla a Franco del proyecto del Documento colectivo del Episcopado español que estaba preparando, y Franco lo acogió con entusiasmo, rogando al Cardenal que lo llevara a efecto». Entonces el Cardenal Gomá envió un guión del proyectado Documento al Vaticano, y los obispos españoles dieron su aprobación para su redacción definitiva, pues conocían el esquema del mismo Documento. Incluso algunos obispos querían que el Documento presentado en borrador fuera más contundente, pero el Cardenal Gomá impuso un tono moderado al mismo. Después envió las galeradas del Documento al Cardenal Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano, y le dio seguridades de que el Documento no se publicaría si no era firmado por todos los obispos residentes en España. El cardenal Vidal y Barraquer (que había estado a punto de ser fusilado por los anarquistas, y fue liberado del martirio por el Presidente de la Generalidad, Companys, enviando un piquete de la Guardia Civil a las órdenes del Coronel Escobar, por lo que al verlos creyó que el Movimiento Militar había triunfado en Barcelona; después pidió protección al Gobierno italiano fascista, y en un barco italiano, protegido por éste, llegó a Italia donde se instaló definitivamente.

En cambio, su obispo auxiliar de Tarragona, que fue asesinado consiguiendo la palma del martirio), contestó al Cardenal Gomá que «encontraba admirable de fondo y de forma el Documento proyectado, como el de todos los redactados por el Cardenal Gomá… pero temía que se le diera un sentido político» (En diversas cartas del Cardenal Vidal y Barraquer al Cardenal Gomá enviaba «respetuosos saludos al general Franco». Incluso le pidió que intercediera ante los militares para que librara del servicio activo militar a su sobrino seminarista) (29).

Por fin, la Carta Colectiva se publicó el 1 de julio de 1937, y fue firmada por 48 prelados, de los que 8 son arzobispos, 35 obispos y 5 vicarios capitulares. El cardenal Segura, como no residía en España, no quiso firmarla, pues estaba dolido porque el Vaticano le había cesado como Metropolitano de Toledo, y no le había restituido a su Sede. Tampoco le firmaron el Cardenal Vidal y Barraquer y el obispo de Vitoria, forzado al exilio, Mateo Mújica, que había firmado la anterior Carta pastoral del 6 de agosto de 1936 con el Obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea. Estaba dolido por haber sido expulsado de su diócesis por el General Mola, pues se le acusaba de demasiado permisivo con el clero separatista de su Diócesis.

b) Contenido de la Carta Colectiva. Ya en el preámbulo de la misma se declara que «no se trata de la demostración de una tesis, sino de la simple exposición a grandes líneas de los hechos que caracterizan nuestra guerra y le dan una fisonomía histórica». Por eso «tienen escrito un carácter asertivo y categórico de carácter empírico». Porque se trata de «una estimación legítima de los hechos y de una afirmación per oppositum con que deshacemos con toda claridad las afirmaciones falsas y las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de estos años de la vida de España». Y se destaca que el Episcopado español «desde 1931 (en que se proclamó al República) se puso realmente al lado de los poderes constituidos», siguiendo la doctrina tradicional de la Iglesia y las orientaciones concretas de la Santa Sede. Al mismo tiempo se declara que «perdonan generosamente a sus perseguidores con nuestros sentimiento de caridad para con todos».

Pero, «aunque la guerra es uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces, un remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz». Por eso «la Iglesia, aún siendo hija del Príncipe de la paz, bendice los emblemas de guerra y ha fundado las Ordenes Militares, ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe»… Y luego se expone en el Documento la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la guerra justa, y se alude a la guerra «santa». Pero en el Documento episcopal colectivo no se emplea el término Cruzada que había utilizado el Obispo de Salamanca, Pla y Deniel, en su Carta pastoral del 30 de septiembre de 1936, aunque el cardenal Gomá lo había utilizado en otros escritos como ya hemos visto. Por otra parte, en la Carta colectiva se declara con énfasis que «la Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó. No provocó ni conspiró para su preparación».

Pero, agradecida «a los que la han liberado del enemigo que quiso perdernos, estamos dispuestos a colaborar como obispos y como españoles, con quienes se esfuerzan en reinstalar en España un régimen de paz y de justicia». Y se afirma que en los últimos años de la República «la situación era tan caótica, y la amenaza comunista tan fuerte… y agotados los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz»… Por lo que se declara que «el Alzamiento es cívico-militar», un Alzamiento nacional en el que las dos España se batirán en el campo de batalla». Por un lado está la España de la revolución comunista, revolución que es ante todo antidivina», y por otra, la España nacional en la que se produjo «una reacción de tipo religioso frente a la acción destructora y nihilista de los sin Dios. Por lo que «es una lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la espiritual del lado de los sublevados, que salió en defensa del orden, de la paz social, de la civilización tradicional para la defensa de la Religión; y de la otra, la materialista, llamada marxista, comunista y anarquista»…

Y por ello la Iglesia «no ha podido ser indiferente a la lucha», ni «se solidariza con las conductas, tendencias e intenciones que hoy o mañana pudieran desnaturalizar la noble fisonomía del Movimiento Nacional en su origen o en sus manifestaciones y fines». Porque el levantamiento ha tenido en el fondo de la conciencia popular un doble arraigo: el sentido patriótico y el sentido religioso. Por lo que hoy por hoy en España no hay más esperanza para reconquistar la justicia y la paz… que el Movimiento nacional.

Por otra parte, se recalca que «la revolución comunista es anticristiana con el odio a la Religión, que llegó de Rusia exportada por orientales de espíritu perverso». Pues «el odio del infierno» se encarnó en nuestros infelices comunistas, por lo que la Iglesia «cuenta con mártires por millares», lo que confirma el aspecto religioso de la contienda, porque el Movimiento Nacional ha fortalecido el sentido de la Patria, y ha garantizado el orden, ya que «mientras en la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o reconquistadas, se celebra profusamente el culto divino, y pululan y florecen nuevas manifestaciones de vida cristiana». Por lo que «esta situación permite esperar un régimen de justicia y de paz para el futuro». Y la Iglesia «no ha sido agresora, sino que fue la primera bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina, y fomentando las obras de justicia social. Y ha sucumbido -donde ha dominado el comunismo anarquista- víctima inocente e indefensa… Porque la Iglesia se ha puesto siempre al lado de la justicia y de la paz, y ha colaborado con los poderes del Estado, en cualquier situación, al servicio del bien común». Por lo que «sería lamentable que la autocracia irresponsable de un parlamentarismo fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación… Pero el enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña con la mentira, la insidia, y con la interpretación torcida de los hechos»… Pero «perdonamos a cuantos sin saber lo que hacían, han inferido un daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria… Invocamos en favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron perdonándolos» (30).

Por su parte el Obispo de Salamanca, Pla y Deniel, al terminar la guerra proclamaba paladinamente: «Frente a los sin Dios, poseídos de un odio a todo lo divino, y de un furor fratricida, veía combatiendo noble y heroicamente a los más prestigiosos generales, jefes y oficiales del Ejército Español, y a las ardorosas juventudes españolas que ofrendaban su vida por Dios y por España» (31). Es el mejor comentario que resume el ambiente de guerra tal como se reflejaba en la famosa Carta Colectiva del Episcopado español, que adquirió enorme resonancia en todo el mundo católico como lo demuestran las miles de adhesiones de los obispos de los cinco continentes y de prestigiosos intelectuales.

LA APORTACION DE LOS ESCRITORES Y TEOLOGOS

Muchos escritores y teólogos escribieron defendiendo la justificación del Movimiento nacional y destacando el aspecto religioso de la contienda. Entre ellos, los dominicos y jesuitas fueron los que más se significaron en este sentido, pero también teólogos del clero secular. Así, el jesuita Constantino Bayle publicó en 1937 un folleto justificativo titulado: ¿Qué pasa en España?, tratando de explicar «a los católicos del mundo» el sentido profundo de la guerra española como lucha religiosa contra el comunismo, declarando que es una batalla contra los «sin Dios». También en 1937 el dominico Venancio D. Carro publicó en Zamora un folleto titulado «La verdad sobre la guerra española. Breve relato histórico. Y también en la primavera de ese mismo año el P. Venancio D. Carro y el P. Vicente Beltrán de Heredia publicaron en Roma un alegato contra los que querían mantenerse neutrales en lo referente a la guerra española, porque era dar unos mismos derechos a «los asesinos, a los traidores a Dios y a la Patria.

Por su parte, el P. Ignacio Menéndez Reigada, dominico, profesor de Teología Moral en el Convento de San Esteban de Salamanca, publicó en la primavera de 1937 en la «Ciencia Tomista » un artículo titulado La guerra nacional española ante la Moral y el Derecho, que tuvo gran difusión, utilizando los argumentos de la teología tradicional, y probando que esta guerra no sólo era justa, sino santa, incluso «la más santa de la historia». Le rebatió J. Maritain en « La Nouvelle Revue française», a lo que respondió el P. Reigada con otro artículo en «Ciencia Tomista» que se titulaba Acerca de la guerra santa; reafirmando su postura anterior y puntualizando más los conceptos. Por su parte su hermano Albino, Obispo de Tenerife, publicó dos folletos titulados La España y la Cruz y Los enemigos de España en 1938.

En 1937 el canónigo Magistral de Ciudad Real, Juan Mugueta, publicó en Pamplona un libro titulado Ellos y nosotros: al mundo católico y al mundo civilizado, en el estilo del publicado por el P. Bayle; y así, declara que la guerra de España es una guerra de creyentes contra los «sin Dios». Por su parte, el dominico P. Luis G. Getino editó en Salamanca un folleto titulado Justicia y carácter de la guerra española. Y el P. Risco, jesuita, publicó La epopeya del Alcázar de Toledo en 1938, impreso en Burgos y también en 1938 el canónigo magistral de la Catedral de Salamanca, Aniceto Castro Albarrán, publicó un libro titulado Guerra santa: el sentido católico del Movimiento Nacional.

Publicado también en Burgos con el prólogo del cardenal Gomá. Y Castro Albarrán publicó también otro libro, Este es el cortejo, héroes y mártires de la guerra española, en Salamanca. Y al final de la guerra reeditó su antiguo libro El derecho a la rebelión, cuyo título cambió por el de Derecho al Alzamiento. Por su parte, el jesuita Juan de la Cruz Martínez publica un folleto con el título de ¿Cruzada o rebelión? Estudio jurídico de la actual guerra de España (editado en Zaragoza). Y también el jesuita Féliz González Olmedo publica El sentido de la guerra española, y el canónigo Rafael García y García de Castro (posteriormente Arzobispo de Granada), publica La tragedia espiritual de Vizcaya. Y el profesor de la Universidad Central de Madrid Juan Zaragüeta publica Informe sobre el Movimiento Nacional ante el derecho y la justicia. Y en Tolouse Luis Carrera (antes colaborador con el Cardenal Vidal y Barraquer) publicó Grandeza cristiana de España (32). Y en París en 1937 se publicó el libro La persecution religieuse en España, prologado por el poeta Paul Claudel, quien afirma que la persecución en España es como la de Nerón, Diocleciano y Enrique VIII de Inglaterra. Dice Robespierre, Lenin y otros, no han agotado los tesoros de la rabia y el odio, ni Voltaire, Renán y Marx un millón de muertos lo han dado todo. Es la hora del Príncipe de este mundo, de Judas Iscariote y de Caín. Y habla de la «santa España, en la extremidad de Europa, donde se da la concentración de la fe, la última zancada de Santiago que no termina sino con la tierra, la patria de Sto. Domingo y de Juan de la Cruz, de Francisco el conquistador y Sta. Teresa, aresnal de Salamanca… Inquebrantable España… colonizadora de otro mundo. Ahora es la hora de la «santa España». Como Pelayo y el Cid han sacado de nuevo su espada. ¡Once obispos, 16.000 sacerdotes asesinado sin ninguna apostasía!… las puertas del cielo no bastan para esta muchedumbre… quinientas iglesias catalanas destruidas. Pero es bello morir con un grito de triunfo y en su puesto. Es bueno para la Iglesia de Dios subir al cielo en el incienso y en el holocausto… ¡La «santa España» ha dado la represalia del amor! Todas estas ideas las sintetizara en su bellísimo poema dedicado a los mártires de la «santa España» (33).

Y terminamos esta serie de escritos de intelectuales sobre la guerra de España con el prólogo que el gran teólogo alemán Karl Adam escribió para la traducción de su libro Cristo nuestro hermano, justamente ocho días después de terminar la guerra. Sus valoraciones sobre el sentido religioso de la contienda son claras: «El hecho de que mi libro Christus unser Bruder ha sido traducido por un español a su idioma, me llena de satisfacción y gratitud. Y es que no conozco nación que con más orgullo y derecho pueda llamarse cristiana que la noble nación española. Aquella fe sublime, aquella fe cristiana de que yo he dado testimonio tan solo con tinta y papel, el pueblo español la ha sellado con su propia sangre en el martirio de millares y millares de sus hijos. Por Cristo y por su cultura se puso en pie de guerra y sostuvo la lucha… tan llena de horror y espanto, pero, al mismo tiempo, tan llena de indecible heroísmo y de denuedo supremo, que nunca lo había visto aún el Occidente cristiano. No hay en la tierra un testimonio tan brillante de la fuerza inquebrantable y vital de la fe cristiana, de su recia virilidad, de su valeroso espíritu de sacrificio y sublime elevación de sentimiento que esta guerra triunfal de España en defensa de su herencia cristiana. Sean mis páginas una modesta corona que ofrezco a la España cristiana, a sus heroicos hijos» (34).

RADIOMENSAJE DE PIO XII AL FINAL DE LA GUERRA A LOS ESPAÑOLES

El Papa Pío XI había fallecido en febrero de 1939, y le sucedió Pío XII, que había tenido mucho interés por el curso de la guerra española en comunicación directa con el Cardenal Gomá cuando aquel era Secretario de Estado del Vaticano. Y al día siguiente de finalizar la contienda envió como Pontífice un telegrama de felicitación al Generalísimo en estos términos: «Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con Vuestra Excelencia deseada victoria católica España, hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas tradiciones cristianas que tan grande la hicieron. Con estos sentimientos efusivamente enviamos a V. E. y a todo el noble pueblo español nuestra apostólica bendición» (35). Y el Cardenal Gomá unas semanas antes le escribió a Franco: «Dios ha hallado en V. E. un digno instrumento de sus planes providenciales sobre la Patria».

Y el Papa el 16 de abril de 1939, quince días después de haber terminado la guerra, lanzó un Radiomensaje a los españoles (el primer Radiomensaje del Papa Pío XII al mundo después de haber sido elegido Pontífice de la Iglesia Católica ), en el que dirigiéndose a la «católica España», se expresa en los siguientes términos: «Con inmenso gozo, hijos queridísimos de la católica España , nos dirigimos para expresar nuestra paternal congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probados en tantos y tan generosos sentimientos. Anhelante y confiado esperaba nuestro predecesor esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que en los albores mismos de la contienda enviaba a cuantos se habían propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la Religión. Y no dudamos de que esta paz ha de ser la que él mismo desde entonces auguraba, anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad.

«Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la Religión y del espíritu. La propaganda intensa y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición por todo el mundo… Persuadido de esta verdad el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de la fe y de la civilización cristiana, profundamente arraigados en el fecundo pueblo de España; y ayudado de Dios… supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad, no luchaban sino en provecho del ateísmo.

«Este primordial significado de vuestra victoria nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que Dios se dignará conducir a España por el camino seguro de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el norte y oriente a todos los españoles, amantes de su Religión y de su Patria, en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad y civilización católicas… Y la garantía de nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas del Jefe de Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores en la legal protección que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica… Y ahora ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerdan los tiempos modernos. Nos, con piadoso impulso, inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo, y fieles de todas las edades y condiciones que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la Religión católica… Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión, sea en los campos de batalla, ya bien consagrados en los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales…

«A vosotros toca, hermanos en el Episcopado, aconsejar a unos y a los otros que en su política de pacificación todos sigan los principios inculcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo de justicia para el crimen y de benévola generosidad para con los equivocados… Hacemos descender sobre vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España (sobre el Jefe del Estado y su ilustre gobierno… sobre los heroicos combatientes y sobre todos los fieles nuestra bendición apostólica» (36).

El 3 de junio el Papa Pío XII recibió al Ministro de Gobernación, a varios generales y a 3.000 soldados españoles que habían acompañado a los voluntarios italianos que habían participado en la contienda, en el «Cortile San Dámaso» del Palacio apostólico, caso único en los tiempos modernos y en los anales del Vaticano. Era la prueba de que el Papa reconocía su contribución a la victoria sobre los secuaces del ateísmo de la zona marxista.

RECAPITULACION

Como síntesis podemos decir que el Alzamiento Nacional en los propósitos iniciales de sus jefes no tenían ningún carácter religioso, sino puramente nacional, para restablecer el orden e instaurar un régimen autoritario ante el caos del Frente Popular. Pero ya en su alocución el general Franco desde Radio Tetuán el 25 de julio de 1936 declaraba que se luchaba por la «Patria, la Familia y la religión». El General Mola semanas después venia a destacar el carácter religioso de la contienda en términos vagos. El pueblo español, sobre todo entre los requetés navarros, dio carácter religioso a la lucha, sobre todo, cuando llegaron las noticias de que en la zona roja ardían las iglesias, y se asesinaba por centenares a los sacerdotes y a los católicos practicantes. Por eso, en las esquelas de los periódicos se llamaba a los muertos en el campo de batalla «caídos por Dios y por España». Y la Jerarquía eclesiástica empezó a manifestarse en apoyo de los militares sublevados con la Carta pastoral de los obispos de Vitoria y de Pamplona, destacando el carácter religioso de la contienda, como única solución para defender los derechos de Dios y de la Religión. El Obispo de Salamanca con su Carta pastoral Las dos ciudades acuñó expresamente el título de «Cruzada» para interpretar la guerra civil, y este término lo empleó también el Cardenal Gomá. Finalmente en la Carta Colectiva del Episcopado española se justificó el Alzamiento Nacional como último recurso para salvar la herencia cristiana de España, pero no se empleó en ella el término Cruzada por razones diplomáticas.

Esta posición de la Iglesia dirigente española, que respondía a una conciencia general del pueblo católico, refleja la situación de defensa de la Iglesia frente al laicismo militante del Gobierno del Frente Popular. Cuando los militares se sublevaron y dieron plena liberta a la Iglesia, no se hizo sino repetir lo que hizo la Iglesia cuando salió de la persecución de Diocleciano y se encontró con la libertad y la protección que le ofreció el emperador Constantino, quien inauguró una era de paz que dio origen a los dos siglos de oro de la historia de la Iglesia (ss. IV-V) con sus doctores y santos por centenares. Igualmente, la Iglesia española, cuando la invasión islámica, replegada en la zona cantábrica se adhirió y alentó la reconquista iniciada por D. Pelayo hasta la conquista de Granada en tiempos de los Reyes Católicos. Es la gran epopeya histórica de la nación española. Así, en el siglo IX había siete obispos refugiados en el Reino de Asturias cuando la inauguración de la basílica de Valdediós en el año 883. En la zona ocupada por los musulmanes la Iglesia tuvo que soportar una gran servidumbre, aunque los musulmanes no les negaran el derecho de su culto.

La persecución religiosa en la España marxista es la más cruentas de la Europa occidental a través de su historia con 13 obispos asesinados, 4.184 del clero diocesano, 4.365 del clero regular y 283 religiosas (37), más la destrucción total o profanación de 8.000 iglesias. Sólo la persecución religiosa en la Rusia soviética superó estas cifras con 120.000 sacerdotes y monjes asesinados, y las iglesias convertidas en almacenes o museos del ateísmo como nuestra iglesia dominicana de Kiev.

Afortunadamente la situación ha cambiado en Europa desde el hundimiento del comunismo soviético que practicaba un ateísmo militante hace once años, pues hay libertad religiosa total. Sólo hay persecución religiosa en la China comunista, en Vietnam y en la Cuba de Castro. Por eso ahora las nuevas generaciones no entienden la posición de la Iglesia durante la guerra civil española, que no hizo sino defenderse frente a los perseguidores. Y después de la contienda el nuevo régimen protegió a la Iglesia y le dio todas las facilidades para la recristianización de España, ayudando copiosamente a la reconstrucción de las iglesias destruidas.

Algunos grupos cristianos en medio de esta época de paz religiosa quieren que la Iglesia española pida perdón por haber dado carácter religioso la contienda civil. Pero los mártires no tienen por qué pedir perdón a los verdugos. Cristo murió en la cruz perdonando a sus enemigos, pero no les pidió perdón por su actuación predicando un mensaje espiritual que era como una provocación a la clase dirigente judía. Es el Mártir por antonomasia. San Esteban murió perdonando a sus verdugos, pidiendo a Dios que no les tuviera en cuenta su pecado, y San Cipriano, en el momento de ser degollado, mandó que dieran al verdugo 25 monedas de oro, porque contribuía a conseguir la corona del martirio. También los mártires españoles de la última guerra murieron perdonando a sus verdugos, que eran víctimas de unas ideas alienantes, pues les habían convencido de que la Religión era «el opio del pueblo».
Maximiliano García Cordero, OP.
 Notas

1 Vid. «Vida Sobrenatural», núm. 64, Salamanca, abril 2001.
2 Véase Arrarás, J.: Historia de la Cruzada Española, Madrid 1940, III, 71.
3 Véase Arrarás, J.: Historia de la Cruzada Española, Madrid 1940, II, 85.
4 Cfs. García Escudero, J. M.: Historia política de las dos España, Madrid 1976, p. 1451.
5 Véase Hernando, B. M: Delirios de cruzada, Madrid 1977, p. 44-45. El autor simpatiza poco con el ideal de la Cruzada, que considera como un «delirio», pero recoge muchos datos sobre el tema que utilizamos.
6 Id. , ibid., p. 45.
7 Id. , ibid., p. 53.
8 Díaz Plaja, P.: España en sus documentos III, p. 213.
9 B. Hernando, o.c., p. 106-107.
10 Id. , ibid., p. 110.
11 Id. , ibid., p. 107.
12 Id. , ibid., p. 107.
13 Id. , ibid., p. 111, n. 63.
14 Id., ibid., p. 112. Véase Historia y Vida, enero 1977, p. 113.
15 Id. , ibid., p. 113.
16 Id. , ibid., p. 113.
17 Id. , ibid., p. 113.
18 Id. , ibid, p. 137.
19 Id., ibid, p. 138.
20 Véase Montero A.: Historia de la persecución religiosa en España, Madrid 1961, 682-686.
21 Cfs. Id. , ibid, p. 686-687.
22 Id. , ibid, p. 741-742.
23 Id., ibid, p. 688-708.
24 Hernando B.M.: Delirios de Cruzada, Madrid 1977, 54-56.
25 Id., ibid., p. 57.
26 Id., ibid., p. 458-59.
27 Véase Montero, A.: o.c., 708-725
28 Cf. Hernando B.M.: o.c., 83-85.
29 Véase Granados, A.: El Cardenal Gomá Primado de España, Madrid 1969, 171-176. En carta al Cardenal Gomá respecto al documento previo de la «Carta colectiva» le dice: «He leído atentamente el documento… Lo encuentro admirable de fondo y de forma, como todos los de Vd. y muy propio para propaganda, pero lo estimo poco adecuado a la condición y carácter de quienes han de suscribirlo. Temo que se le dará una interpretación política por su contenido y por algunos datos o hechos en él consignados… Es para mí una seria contrariedad el verme obligado en conciencia a ratificar la opinión de no suscribirlo, que ya me permití anticiparle, pues ello importa el violentar mis sentimientos de Vd. bien conocidos», pensando además en aquellas almas que se hallan todavía en situación incierta y angustiosa» (p. 176). Y en carta del 9 de febrero de 1937 el Cardenal Vidal y Barraquer le decía que «expresara verbal y reservadamente a la persona (Franco) cerca de la cual ejerce su misión altísima, mis salutaciones y homenajes de simpatía y afecto y mis sinceros votos de que se logre cuanto antes el alcanzar y establecer en nuestra España una paz sincera y perdurable, cimentada en el amor cristiano y en la armónica convivencia de todos los hombres de buena voluntad… Ruego a Dios por el triunfo de la causa de la Iglesia en nuestra patria» (p. 177).
30 Véase Montero, A.: o.c., 726-741.
31 Cf. Hernando B.M.: o.c., 105.
32 Cf. Hernando B.M.: o.c., 153-159.
33 La persecution religieuse en Espagne. Poeme et Preface de Paul Claudel (París 1937) I-IX.
34 Karl Adam, Cristo nuestro Hermano (Barcelona 1954. Ed. Herder) 7.
35 De la Cierva, R.: La historia se confiesa, Madrid 1978, p. 243.
36 Véase Montero A.: Historia de la persecución religiosa en España (Madrid 1961), p. 686-687.
37 Véase Montero A.: o.c., p. 762.


*EDITÓ: gabrielsppautasso@yahoo.com.ar DIARIO PAMPERO Cordubensis. INSTITUTO EMERITA URBANUS. (Gentileza del Prof. Lic. GUSTAVO CARRÈRRE CADIRANT). Córdoba de la Nueva Andalucía, en el mes de julio del Año del Señor de 2010. Sopla el Pampero. ¡VIVA LA PATRIA! ¡LAUS DEO TRINITARIO! ¡VIVA HISPANOAMÉRICA! Gratias agamus Domino Deo Nostro! gspp.*