lunes, mayo 03, 2010

*LA RELIGIÓN EN LA VIDA DEL ROMANO*


Hemos de ver el lugar que ocupa la RELIGIÓN en la vida del romano antiguo.  La casa es para él lo que para nosotros un templo, en ella encuentra su culto y sus dioses.

Editó: Lic. Gabriel Pautasso

“Religio – inquit CICERO – est ea quae superioris cuiusdam naturae, Quam divinam vocant, curant caerimoniamque affert”.
Hemos de ver el lugar que ocupa la RELIGIÓN en la vida del romano antiguo.  La casa es para él lo que para nosotros un templo, en ella encuentra su culto y sus dioses. Su hogar es un dios; las paredes, las puertas, el umbral son dioses; dioses también los mojones que rodean el campo. La tumba es un altar, y sus antepasados son eres divinos.
Cada uno de sus actos de todos los días es un rito, toda su jornada entre de lleno en la religión. Por la mañana y por la tarde invoca a su hogar, sus penates y sus antepasados. Al salir de su casa, al volver, les dirige una oración. Cada comida es un acto religioso que comparte con sus divinidades domésticas. El nacimiento, la iniciación, la toma de la toga, el casamiento y los aniversarios de todos estos acontecimientos, son los actos solemnes de su culto.
Sale de su casa y casi no puede un paso sin encontrar un objeto sagrado, bien una capilla, bien un sitio donde cayó un rayo, bien una tumba. Tan pronto ha de recogerse y murmurar una oración, como apartar los ojos y cubrirse el rostro para evitar la vista de algo funesto.
Todos los días ofrece un sacrificio en su casa, todos los meses en su curia, varias veces al año en su gens o en su tribu. Por cima de todos estos dioses, debe también el culto a los de la ciudad. ¡Hay en Roma más dioses que ciudadanos!
Sacrifica en acción de gracias a los dioses. Sacrifica también, y más veces, par calmar su cólera. Un día figura en su procesión danzando según un ritmo antiguo, al son de la flauta sagrada. Otro guía carros en que van tendidas las estatuas de las divinidades. En otra ocasión se trata de un lectisternium. En la calle se pone una mesa cargada de manjares, y en lechos están tendidas las imágines de los dioses. Los romanos al pasar se inclinan. Llevan una corona en la cabeza y una rama de olivo en la mano.
Hay una fiesta para las siembres, otra para la recolección, otra para la corta de la uva. Antes de que el trigo haya echado espigas, ha hecho más de diez sacrificios e invocado a diez  divinidades particulares para que la cosecha se logre. Tiene, sobre todo, gran número de fiestas dedicadas a los muertos, porque los teme.
Nunca  sale sin ver si aparece si aparece algún de mal agüero. Hay palabras que no se atreve a pronunciar en la vida. Si concibe algún deseo, lo consigna en una tablilla, que coloca a los pies de una estatua de la divinidad.
En todo momento consulta a los dioses, y aspira a saber lo que éstos quieren. Encuentra todas sus resoluciones en las entrañas de las víctimas, en el vuelo de las aves, en las advertencias del rayo. La noticia de una lluvia de sangre o de un buey que ha hablado, le turba y hace temblar. No estará tranquilo, sino cuando una ceremonia expiatoria le haya puesto en paz con los dioses.
No sale de casa sino posando el pie derecho. No se corta el pelo cuando la luna está llena. Lleva encima amuletos. Contra el fuego, cubre las paredes de su casa con letreros mágicos. Sabe fórmulas para evitar la enfermedad y otras para curarla: pero hay que repetirlas veintisiete veces y escupir cada vez de cierta manera.
No delibera en el Senado si las víctimas no han dado signos favorables. Abandona la asamblea del pueblo si ha oído chillar a un ratón. Renuncia a los designios más firmes, si ha observado un mal presagio o si una palabra funesta ha llegado a sus oídos. Es valiente en el combate, pero a condición de que los auspicios le aseguren la victoria. 
Este romano que presentamos no es el hombre del pueblo, el de espíritu débil, a quien la miseria y la ignorancia mantienen en la superstición. Hablamos del patricio, del hombre noble, poderoso y rico. Ese patricio es sucesivamente guerrero, magistrado, cónsul, agri-cultor (cultivar el campo), comerciante; pero siempre y en todas partes es sacerdote, y su pensamiento está fijo en los dioses. Patriotismo, Amor a la Gloria, Afán de Riquezas, por poderosos que sean estos sentimientos en su alma, el TEMOR A LOS DIOSES LO DOMINA TODO. 
Consideremos un romano de los primeros siglos, CAMILO, que fue cinco veces dictador y venció en más de diez batallas. Para no salirse de la verdad, hay que figurárselo como sacerdote tanto como guerrero. Pertenece a la gens FURIA. Su sobrenombre (CAMILLUS) designa una función sacerdotal. De niño, se le ha hecho poner la TOGA PRAETEXTA, que indica su casa, y la BULLA que ahuyenta la mala suerte. Ha crecido asistencia a diario a la ceremonias del culto, ha pasado su juventud instruyéndose en las cosas religiosas. Es cierto que ha estallado una guerra, y que el sacerdote se ha hecho soldado. Se le ha visto, herido en una pierna en un combate de caballería, arrancarse el hierro de la herida y seguir peleando. Después de varias campañas, ha sido elevado a las magistraturas. En calidad de magistrado, ha ofrecido sacrificios públicos, ha juzgado, ha mandado el ejército. Llega un día en que se piensa en él para la dictadura. Ese día, el magistrado en ejercicio después de haberse recogido una noche entera, la consultado a los dioses. Su pensamiento estaba fijo en CAMILO, cuyo nombre pronunciaba en voz baja, y sus ojos en el cielo donde buscaban los presagios. Los dioses no los han enviado sino buenos. CAMILO les es agradable y se le nombra dictador.
Héle aquí jefe de ejército. Sale de la ciudad, no sin haber consultado los auspicios e inmolado muchas víctimas. Tiene a sus órdenes muchos oficiales, caso otros tantos sacerdotes, un pontífice (“hacedor de puentes”), augures, arúspices, aularios, victimarios y un porta-hogar. 
Se le encarga terminar la guerra de VEYES, que hace nueve años es sitiada sin resultado. VEYES es una ciudad etrusca, es decir, casi santa. Con piedad más que con valor es preciso luchar. Si desde hace nueve años los romanos vienen siendo vencidos, débese a que los etruscos conocen mejor los ritos que son agradables a los dioses y las fórmulas mágicas que hacen lograr su favor. ROMA, por su parte, ha abierto sus libros sibilinos y ha investigado en ellos la voluntad de los dioses. Ha visto que sus ferias latinas habían sido mancilladas por algún vicio de forma y ha renovado el sacrificio. No obstante, los etruscos siguen venciendo. No queda más que un recurso, apoderarse de un sacerdote etrusco y conocer por él el secreto de los dioses. Un sacerdote de VEYES cae prisionero y se le conduce al Senado: para Roma venza, dice, es preciso que baje el nivel del lago Albano, guardándose bien de hacer que el agua vaya a parar al mar”,. Roma obedece, se abren infinidad de canales y canalillos, y el agua del lago se pierde en los campos.
Es el momento en que se elige a CAMILO dictador. Va al ejército cerca de VEYES. Está seguro del triunfo, porque todos los oráculos han sido revelados, todos los mandados de los dioses cumplidos. Por otra parte, antes de salir de Roma, ha prometido a los dioses protectores fiestas y SACRIFICIOS. Para vencer, no descuida los medios humanos; aumenta el ejército, restaura la disciplina, manda abrir una galería subterránea para penetrar en la ciudadela (arx).  
Ha llegado el día del ataque. CAMILO sale de su tienda, toma los auspicios e inmola víctimas. Los pontífices, los augures le rodean le rodean. Revestido con el paludamentum, invoca a los dioses:
“Guiado por ti, APOLO, y por tu voluntad que me inspira, marcho para tomar y destruir la ciudad de Veyes. A Ti, si salgo vencedor, prometo y consagro la décima parte del botín”. Pero no basta tener a los dioses de su parte, el enemigo tiene también  una divinidad poderosa que le protege. CAMILO le invoca con esta fórmula: JUNO REINA, que al prsente moras en Veyes, te lo suplico, ven con nosotros vencedores, síguenos a nuestra ciudad, recibe nuestro culto, que nuestra ciudad sea la tuya”. Luego, realizados los sacrificios, dichas las oraciones, recitadas las fórmulas, cuando los romanos están seguros de que los dioses están de su parte y de que ya ningún dios defiende al enemigo, se da el asalto y se toma la ciudad…
Para un general semejante, la recompensa suprema consiste en que el Senado le permita cumplir el sacrificio triunfal. Sube entonces al carro sagrado del que tiran cuatro caballos blancos, los mismos que llevan la estatua de JUPITER el día de la gran procesión. Va vestido con el manto sagrado, el mismo que cubre al dios los días de fiesta. Lleva corona a la cabeza. Su mano derecha sostiene una rama de laurel, la izquierda el cetro de marfil. Son exactamente los atributos y el ropaje que lleva la estatua de JUPITER. Con esta majestad, casi divina, se muestra a sus conciudadanos y va a rendir homenaje a la majestad verdadera del más grande de los dioses romanos. Sube la cuesta del CAPITOLIO y, al llegar delante del templo de JUPITER, inmola víctimas.

*FUSTEL DE COULANGES, LA CIUDAD ANTIGUA”, Jorro Editor. 1890.*

(Fustel de Coulanges, La Ciudad Antigua. La cité antiqué. 3ª ed. Emece, Bs. As. 1966). La religión doméstica, pags. 96 a 108).

“RELIGIO VIRTUS, SUPERSTITO VITIUM EST. ROMANI TOTIUS ANTIQUITATIS – inquit POLYBIUS – LONGE OMNIUM POPULARUM RELIGIOSISSIMI FUERUNT ».

« NEQUE ENIM EST ULLA RES IN QUA PROPIUS AD DEORUM NUMEN VIRTUS ACCEDAT HUMANA, QUAM CIVITATIS AUT CONDERE NOVAS AUT CONSERVARE IAM CONDITAS » (M. T. CICERO, libro I, 7, 12, Ed. Ziegler, pág. 9).

(En realidad no hay ninguna cosa en la cual la virtud humana se acerque más al numen de los dioses, que el hecho de fundar ciudades nuevas, o conservar las ya fundadas). CARLOS A. DISANDRO, Sentido político de los romanos, Buenos Aires, Ediciones Thule Antártica, 1985, p. 53).

DIARIO PAMPERO Cordubensis INSTITUTO EMERITA URBANUS. 
Córdoba de la Nueva Andalucía, 12 de mayo del Año del Señor de 2009. Fiesta de San Gregorio Nacianceno. 
Sopla el Pampero. ¡VIVA LA PATRIA! ¡LAUS DEO TRINITARIO! ¡VIVA HISPANOAMÉRICA! GRATIAS AGAMUS DOMINO DEO NOSTRO!
Revisado: 15 de abril del 2010.