domingo, febrero 01, 2009

En el 196º aniversario del Combate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813-2009)


“…Los españoles apenas tienen tiempo de montar sus cañones y efectuar algunos disparos; la carga los arrolla en menos de TRES minutos. ZABALA que mandaba en jefe, intentó hacerse fuerte en la barranca protegido por el fuego de la escuadrilla, y resistiendo con bayoneta a los granaderos. QUINCE minutos después, se vio obligado a bajar a la barranca y reembarcarse dejando en el campo sus dos años, una bandera, 50 fusiles, 40 muertos y 14 prisioneros. Los Granaderos tuvieron 27 heridos y 15 muertos (entre ellos el capitán BERMUDEZ)…” (JOSE MARÍA ROSA, “HISTORIA ARGENTINA”. Buenos Aires. t.3, p. 47).


LOS GRANADEROS
3 de febrero de 1813-2009


Rompe en los desfiladeros
El estruendo de un ciclón…
Son ellos, los granaderos
Dantescos del escuadrón
De la muerte: los primeros
Que escalando los peñones
En un fantásticos vuelo
De Pegasos redomones,
Empenacharon el cielo
El casco de sus morriones.

¡Son ellos! Bajo la lumbre
Del firmamento inmediato
Revuelan de cumbre en cumbre
Y ve absorto el Tupungato
Una alada muchedumbre
Que trepa por la ladera
Purpurada de arrebol,
Lo mismo que si quisiera
Robarse el disco del sol
Para usarlo en la bandera.

¡Son ellos! Descenderán
Del lado de Occidente;
Y las águilas verán
Que al retomar el naciente,
Por botín de guerra van
Conduciendo los atletas,
Redención en las pupilas,
Luz en las almas inquietas,
Libertad en las mochilas
Y cielo en las bayonetas.

Belisario Roldán


Batallas de AméricaSan Lorenzo (3 de Febero de 1813-2009)

“El convento de SAN LORENZO situado a 80 leguas N. O. de Buenos Aires, ocupa una planicie poco accidentada y casi horizontal, a 300 varas de los empinados barrancos que encajonan la márjen derecho del correntoso Paraná, al que solo puede llegarse por la Bajada del Puerto á 428 metros frente á la puerta principal del templo, ó por lo que denominan Bajada de Puerto á 428 metros del edificio, y que merced á su suave descenso es la única frecuentada por el tráfico del cabotaje. Esta fue elegida por los Marinos para efectuar su desembarco, como lo á ver luego”.

“Al primer canto del gallo, se incorpora SAN MARTÍN , y seguido de un ordenanza penetra en el Monasterio, donde despierta á su guardian el R. P. fray PEDRO GARCÍA con el que conserva largamente, hasta que aproximado el día, asciende al menguado campanario que contrastaba entonces con la severa estructura del templo, y una vez allí, tomando su catalejo, recorre con avidez los horizontes aun caliginosos y ofuscados, para fijarlo incontinenti sobre las naves enemigas, que alargando la real enseña, principian á barquear la tropa, quedando terminada esta operación á eso de las cinco de la mañana, de centro blanco, ya estaba en la ribera formada en batalla, y flanqueaba por dos carronadas de á 4, todo al mando del capitán ZABALA, que tenía por subalternas á los oficiales DON PEDRO MARUYR, DON DOMINGO MARTÍNEZ, y DON MANUEL OLLOA”.

“En esta situación, quedó inmóvil por algún tiempo, observando el telégrafo de faroles que subían y bajaban en los mástiles, hasta que ya disipadas las sombras por el vislumbre del nuevo día, el redoble pausado del tambor que marcaba el paso á los soldados enemigos, que con bandera desplegada ascendían la barranca por la bajada principal, no dejó duda de que era de que era llegado el momento tan vivamente anhelado, de hacer debutar al brillante cuerpo al brillante cuerpo que educaba”.

“Escuchábanse aun distintamente los marciales ecos de los pifanos y parches de guerra que batían la marcha granadera, cuando el jefe patriota descendía precipitado las humildes gradas del Colegio, para hollar en seguida las encumbradas de la gloria”.

“En efecto: no tardó en vérsele,vestido con el riguroso uniforme de su grado de coronel, mandar tocar á la sordina botasilla y á caballo, y tirando de su acero. Pronunció breves pero enérgicas palabras, recordando á los su deber para con la patria y la imperiosa necesidad de crearse un nombre, que compensará á esta los sacrificios de su institución: “espero, fueron sus últimos acentos, QUE TANTO LOS SEÑORES OFICIALES COMO LOS GRANADEROS, SE PORTARÁN CON UNA CONDUCTA TAL, CUAL MERECE LA OPINIÓN DEL REGIMIENTO”.

“En seguida, asume el mando inmediato de la 1ª compañía, dejando el de la 2ª al capitán don JUSTO BERMUDEZ, á quien ordena flanqueé al enemigo para cortarle la retirada, mientras lo atacaba por el frente. Debiendo advertir, que la primera fila de cada compañía iba armada de lanza, y la segunda de carabina y sable”.

“Tomadas estas disposiciones, mandó dar cuarto de conversión á la izquierda, para salvar el costado norte del convento, haciéndolo BERMUDEZ con su compañía en el orden inverso en cumplimento de lo acordado”.

“Empero la carga no pudo ser simultánea en razón de la menor distancia que tenía que recorrer la 1ª compañía, pues no bien había librado el último lienzo de la tapia, avistando al enemigo, que aun le faltaban como dos cuadras para alcanzar el Monasterio se dejó oir la voz de SAN MARTÍN que con gesto amenazador mandó Á LA DERECHA EN BATALLA la que repetida en el acto por aquel, que venía marchando aunque con precaución, pero bien ajeno de tal recibimiento, por cuyo motivo, apenas le fue posible formar MARTILLO, rompió en seguida un nutrido fuego graneado”.

“Galopaba el bizarro SAN MARTÍN algunos pasos a vanguardia de su línea, que en aire de carga cerraba sobre el enemigo, cuando un disparo de metralla de una de las dos carronadas aportadas en su centro, derribando su caballo, pone en conflicto á los que le siguen, que en aquel momento lo creen perdido”.

“Al herir el tarro de metralla el pecho del caballo, añade por nota, hizo que éste se encabritase y en su caída apretara la pierna derecha de SAN MARTÍN. Semejante accidente ocurrió tan cerca de la línea española, que, cortándose de esta ZABALA, le tiró un hachazo, que con un movimiento flexible de la cabeza, logró aquel desviar en parte, tocándole de refilón la mejilla izquierda (cicatriz que siempre conservó): entonces un soldado realista, advirtiendo que era un jefe el jinete caído, deja su puesto, y animado de idéntico designio, corre a clavarlo con su bayoneta, cuando el granadero JUAN BAUTISTA BAIGORRIA, puntano, atropellándole, logró alzarlo en la lanza, en tanto que sus compañeros que habían fluctuado por algunos segundos, se entreveraban resueltamente con el enemigo, y otros echaban pié á tierra para retirar á su coronel. Entre estos se encontraba además del citado BAIGORRIA, el no menos valiente JUAN BAUTISTA CABRAL, que herido de bala momentos antes, lo fue allí de muerte”.

“Neutralizado por un instante el empuje de los granaderos, intenta el braco ZABALA ganar la barranca donde le sería más fácil la resistencia, pero no bien trató de evolucionar, en ese sentido, dando vivas al rey y á la España, para reanimar su turbada hueste; cuando llegando al galope la compañía de BERMUDEZ, apenas puede formar un cuadro imperfecto para recibirla, quedando así restablecido el combate, y, por un momento se disputa la victoria con igual ardor y encarnizamiento”.

“Sin embargo de lo brusco y repentino de la carga, los soldados españoles aunque conmovidos en su formación, sostienen un vehemente fuego á quemarropa contra sus adversarios, que lo contestan con punta de la lanza y el filo del sable, al que dan toda la eficacia de su uso”.

“En tales circunstancias, el teniente de marina Don HIPÓLITO BOUCHARD, ávido por quitar la mancha afrentosa que empeñaba sus galones desde el descalabro de San Nicolás (1811), en que le vimos abandonar el buque que montaba, haciendo un esfuerzo supremo, logra arrancar la bandera al Porta español, que la pierde con su vida”.

“Roto y desconcertado su centro, la división enemiga, en que el gallardo ZABALA, hacia prodigios de valor no obstante estar herido de lanza, no pudo ya moralizarse y la confusión llegó a su colmo, cuando un tanto rehecho el escuadrón patriota, pegó por tercera vez su terrible carga tocando A DEGÜELLO, hasta llevarse con el encuentro y derrumbar a sablazos barrancas abajo á los obstinados invasores, que despavoridos buscaron el abrigo de sus buques”.

“Eran las ocho de la mañana y la victoria estaba asegurada, después de más de dos horas de no interrumpidos fuego”.

“Acallados el estridor de las armas, LA DESNUDA PAMPA, teatro del combate, se veía sembrada de despojos y enrojecida con la sangre de los vencidos y vencedores, en tanto que las bélicas trompetas de los Granaderos, después del toque de REUNIÓN, hendían el aire con alegres DIANAS, festejando el triunfo, al que hacían coro de disparos por elevación de los corsarios, que saludaban á bala, puede decirse con verdad, la primera y única tentativa hecha por los españoles después de la revolución, en esta parte de sus antiguos dominios”.

(Gral. GERÓNIMO ESPEJO, “El paso de los Andes”, Ed. G. Kraft, Buenos Aires, 1953, págs. 49 a 52. Se ha respetado la ortografía del texto original. Versión de la revista Hostería Volante, nº 42, noviembre 1994, pp.24-26).


Los granaderos a caballo.
San Martín ascendido a Coronel. 7 de Diciembre de 1812

El primer escuadrón de Granaderos a Caballo fue la escuela redimental en que se educó una generación de héroes. En este molde se vació un nuevo tipo de soldados animado de un nuevo espíritu…
Bajo una disciplina austera que no anonadaba la energía individual y más bien la retemplaba, formó SAN MARTÍN soldado por soldado, oficial por oficial, apasionándonos por el deber y les inculcó ese fanatismo frío del coraje que se considerada invencible y es el secreto a vencer. Los medios sencillos y originales de que se valió para alcanzar este resultado, muestran que sabía gobernar con igual pulso y maestría espadas y voluntades.
Su primer conato se dirigió a la formación de oficiales, que debían ser los monitores de la escuela bajo la dirección del maestro. Al núcleo de sus compañeros de viaje fue agregando hombres probados en las guerras de la revolución argentina, prefijaron los que se habían elevado por su valor desde la clase de tropa; pero cuidó que no pasaran de tenientes. Al lado de ellos creó un plantel de cadetes que tomó del seno de las familias expectables de Buenos Aires, arrancándolos casi niños de los brazos de sus madres. Era el amalgama del cobre y del estaño que daba por resultado el bronce de los héroes.
Con estos elementos organizó una academia de instrucción práctica que personalmente dirigía, iniciando a sus oficiales y cadetes en los secretos de la táctica, a la vez que les enseñaba el manejo de las armas, en que era sobresaliente diestro; obligándoles a estudiar y a tener siempre erguida la cabeza ante sus severas lecciones, una línea más arriba del horizonte, mientras llegaba el momento de presentarla impávida a las balas enemigas. Para experimentar el temple de nervios de sus oficiales, les tendía con frecuencia acechanzas y sorpresas nocturnas y los que no resistían a la prueba eran inmediatamente separados del cuerpo, porque “solo quería leones en su regimiento”.
Pero no bastaba fundir en bronce a sus oficiales, modelarlos correctamente con arreglo a la ordenanza, haciéndoles pasar por la prueba del miedo. Para completar su obra, necesitaba inocularles un nuevo espíritu, templarlos moralmente, exaltando en ellos el sentimiento de la responsabilidad y de la dignidad humana, que como un centinela de vista debía velar día y de noche sobre sus acciones. Esto es lo que consiguió por medio de una institución secreta, que bien que peligrosa en condiciones normales o en manos infieles, produjo sus efectos en la acción.
Evitando los inconvenientes del espionaje que degrada y los clubes militares que acaban por relajar la disciplina, planteó algo más eficaz y más sencillo. Instituyó una especie de tribunal de vigilancia compuesto por los mismos oficiales, en que ellos debían ser los celadores, los fiscales y los jueces, pronunciar las sentencias y hacerlas efectivas por la espada, autorizando por excepción el duelo para hacerse justicia en los casos de honor.
En el primer domingo de cada mes se reunía en sesión secreta el Consejo de oficiales bajo su presidencia, dirigiéndoles un discurso sobre la importancia de la institución y la obligación en que todos estaban de no permitir en su seno a ningún miembro indigno de la corporación. En una pieza inmediata y sola estaban preparadas sobre una mesa tarjetas en blanco, en que cada oficial escribía lo que hubiese notado respecto a la mala comportación de algún compañero. En seguida, el sargento mayor recibía las cédulas dobladas en su sombrero, que eran escrutadas por el jefe. Si entre ellas se encontraba alguna acusación, se hacía salir al acusado y se exhibía la papeleta, sobre la cual se abría discusión. Nómbrase acto continuo una comisión investigadora, que daba del resultado de una próxima sesión extraordinaria. Abierta nuevamente la discusión, cada oficial daba su dictamen por escrito, y la votación secreta decidía si el acusado era o no digno de pertenecer al cuerpo. En el primer caso, el cuerpo de oficiales, por el órgano de su presidente le daba en presencia de todos una satisfacción cumplida. En el segundo, se nombraba una comisión de oficiales para intimarle pidiese su separación absoluta; prohibiéndole usar en público el uniforme del regimiento, bajo la amenaza que si contrariase esta orden le sería arrancado a estocadas por el primer oficial que le encontrara.
Este tribunal tenía un código conciso y severo, que determinaba los delitos punibles, desde el hecho de agachar la cabeza en acción de guerra y no aceptar un duelo justo o injusto, hasta el de poner las manos a una mujer aun siendo insultado por ella y comprendía todos los casos de mala conducta personal.
En cuanto a los soldados o reclutas, les elegía, excluyendo todo hombre de baja talla. Los sujetaba con energía paternal a una disciplina minuciosa, que los convertía en máquinas de obediencia. Los armaba con el sable largo de los coraceros franceses de NAPOLÉON, cuyo filo había probado en sí y que él mismo les enseñaba a manejar, haciéndoles entender que con esa arma en la mano partirían como en una sandía la cabeza del primer “godo” que se les pusiera por delante, lección que practicaron al pie de la letra en el primer combate que le ensayaron. Por último, daba a cada uno un nombre de guerra, por el cual únicamente debían responder y así les daba el ser, les inoculaba su espíritu y los bautizaba.
Sucesivamente fueron creándose otros escuadrones según este modelo y el día que formaron un regimiento, el Gobierno envío a SAN MARTÍN el despacho de coronel, como sigue: “Acompaña a V. S. el Gobierno el despacho de Coronel del Regimiento de Granaderos a Caballo. La superioridad espera que continuando V. S. con el mismo celo y dedicación que hasta aquí, presentará a la patria un cuerpo capaz por sí solo de asegurar la libertar de sus conciudadanos”. (Documento del A. G. N., del 7 de diciembre de 1812). JOSE SALINAS CLAVERAS, “Página historia de hoy”, t. II, p.377-379. Revista y Biblioteca del Suboficial. Vol. 148. 479 págs.

La Contrarrevolución es a la vez una doctrina, un orden social y un principio de acción.
La civilización cristiana, que una “civilización” materialista busca disgregar, surge de la aceptación del orden natural y divino fuera de cual sólo hay contradicción con la finalidad humana. No se puede defender esta civilización cristiana y asegurar un orden social verdadero – uno de los fines temporales de la Contrarrevolución – queriendo desconocer la enseñanza de Cristo. Es necesario que esto quede claro por cuanto el calificativo cristiano es empleado injuriosamente por algunos demócratas que se dicen cristianos mientras piensan en revolucionario cuando se trata de lo político y lo social.
Esta doctrina manda al hombre actuar para que la sociedad humana se conforme al orden natural y divino. El orden Contrarrevolucionario es, pues, un orden social cristiano.
Si se trata de un descreído, lo normal será que busque conocer, en primer lugar, las bases del orden social cristiano para cuya instauración se solicitan sus esfuerzos – aunque sea descreído. Descreído: el término está tomado en su sentido etimológico (mal creyente o creyente malo) y no el sentido peyorativo que como frecuencia le da el lenguaje corriente. El empleo del término incrédulo (que no tiene fe) no hubiera precisado bien esta categoría de personas que tienen una cierta fe; y que abarca desde los ateos de circunstancia (y no de convicción) hasta los cristianos que no se conforman sus actos a sus creencias. Entre éstos, el tipo más corriente es el cristiano que no actúa contra la Revolución, aunque tiene el deber de hacerlo, especialmente como ser social.


SAN LORENZO

Autor: CAYETANO SILVA

Febo asoma
Ya sus rayos
Iluminan el histórico convento
Tras los muros
Sordos ruidos
Oir se dejan de corceles y de acero
Son las huestes
Que prepara
SAN MARTÍN para luchar en San Lorenzo
El clarín estridente sonó
Y a la vez del gran jefe a la carga ordenó.
Avanza el enemigo
A paso redoblado
Al viento desplegado (bis)
Su rojo pabellón (bis)
Y nuestros granaderos
Aliados de la gloria
Inscriben en la historia (bis)
Su página mejor (bis)
CABRAL, soldado heroico
Cubriéndose de gloria
Cual precio a la victoria
Su vida rinde haciéndose inmortal.
Y allí, salvó su arrojo
La libertad naciente
De medio continente:
Honor…honor al Gran CABRAL.

Editó Gabriel Pautasso
Diario Pampero Cordubensis
nº 8

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