viernes, octubre 03, 2008

Perón y la hispanidad


Espíritu contra utilitarismo

“Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la ARGENTINA, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.
En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive aconsejada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la ARGENTINA, isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.
Y a través de la figura y de la obra de CERVANTES va el homenaje argentino a la Madre Patria, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.
Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene jerarquía de símbolo. Por recordar a CERVANTES es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos más que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana – la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el QUIJOTE la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señorial y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí el doble homenaje a CERVANTES y a la raza.
Homenaje en primer lugar, al gran hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en género haya sido escrita, código de honor y breviario castellano, pozo de sabiduría y, por los siglos, espejo y paradigma de su raza.
Destino maravilloso el de CERVANTES que, al escribir el INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MARCHA, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestran, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.
En segundo logar, sea nuestro homenaje a la raza que pertenecemos.
Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye la suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es la que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a las nuestras, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal indefinible e inconfundible. Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.
Nuestro homenaje a la Madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental.
Porque Espala aportó a Occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.
Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la h
Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmo, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.
Su empresa tuvo el signo de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina ISABEL de “atraer a los pueblos de las Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ellos la buena nueva de la Verdad Revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraba a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano.
Era un cuñado de héroes, de soñadores desbordantes de Fe. Venían a enfrentar a lo desconocido, a luchar en un mundo lleno de peligros, donde la muerte aguardaba el paso del conquistar en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.
Nada los detuvo en la empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad”.

(Fragmento del Discurso pronunciado por el General JUAN D. PERÓN, en la Academia Argentina de Letras el 12 DE OCTUBRE DE 1947, en homenaje al DÍA DE LA RAZA y en conmemoración del Cuarto Centenario del nacimiento de MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA).

Lectura recomendada:
Centro de Estudios América Románica, “Romanidad e Hispanidad en América”, Ediciones El Copista, Córdoba, 1966.
Carlos A. Disandro, “El perfil histórico de Juan Perón”, Editorial Hostería Volante, Santa Fe, Armstrong, 1990.
Vicente D. Sierra, “Historia de las ideas políticas en la Argentina”, Ediciones Nuestra Causa, Bueno Aires, 1950.

Editó Gabriel Pautasso
Diario Pampero nº 98 Cordubensis

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